domingo, 12 de junio de 2022

Sara Ahmed, La promesa de la Felicidad




La felicidad como promesa, recompensa y guía.

“Acaso sea la promesa de que la felicidad es aquello que se recibe por establecer las relaciones correctas la que nos orienta a relacionarnos con determinadas cosas. La felicidad dicta la organización del mundo.”

“Retomando el abordaje que esbocé en Queer Phenomenology, me interesa explorar aquí de qué manera nos vemos direccionados por la promesa de la felicidad, entendiendo por ello la promesa de que si seguimos tal o cual camino habremos de ser felices. Dicha promesa es responsable de la proximidad de ciertos objetos, y afecta el modo en que el mundo se organiza a nuestro alrededor.”

“La felicidad es una expectativa de algo que habrá de venir, y una expectativa que produce diferencias entre las cosas, sin importar si dichas cosas existen o no como objetos en el presente. A la niña, por ejemplo, se le puede decir que imagine la felicidad representándose ciertos eventos futuros, como por ejemplo el día de su boda, "el día más feliz de tu vida".

“La propia expectativa de la felicidad nos brinda una imagen precisa del futuro. Es por ello que la felicidad brinda el marco emocional para las decepciones, aun sin necesidad de darse: basta con que esperemos la felicidad de "esto o aquello" para que podamos experimentar "esto o aquello" como objetos de decepción. Nuestras expectativas vienen de algún lugar. Pensar la genealogía de las expectativas implica también pensar acerca de la promesa y de cómo esta nos guía en determinada dirección, esa dirección de la que tanto esperamos. Podríamos decir que se promete la felicidad por medio de la proximidad a ciertos objetos. La palabra "objetos" hace referencia aquí no solo a cosas físicas o materiales, sino a lo que sea que imaginemos podría conducirnos hacia la felicidad, como por ejemplo valores, prácticas, estilos y aspiraciones. Hacer x o tener x podría ser lo que nos prometa felicidad. La promesa de la felicidad adopta la siguiente forma: si tienes esto o aquello, si haces esto o aquello, llegará la felicidad. En el Crespúsculo de los ídolos, Nietzsche afirma que esto que aquí denomino la promesa de la felicidad constituye la fórmula básica de toda religión y moral: "haz esto y aquello, no hagas esto. Y aquello - ¡así serás feliz! ".

 

¿Es posible medir la felicidad?

“Richard Layard nos brinda un punto de referencia útil. Sostiene que "la felicidad consiste en sentirse bien, y la miseria en sentirse mal". La felicidad es "sentirse bien", lo que implica que podemos medir la felicidad porque podemos medir cuán bien se siente la gente (…). Según Layard; "a la mayoría de las personas les resulta sencillo decir cuán bien se sienten". La investigación de la felicidad se basa ante todo en el autoinforme: los estudios miden cuán feliz dice que se siente una persona, y asume que quien dice ser feliz, es feliz.”

“No obstante, si de antemano se entiende que la felicidad es aquello que se anhela, difícilmente podamos aceptar que preguntarle a alguien cuán feliz se siente constituya una pregunta neutral. La misma no solo le pide que evalúe sus condiciones de vida, sino que las evalúe en función de categorías cargadas de valores.”

 

El matrimonio

“Uno de los principales indicadores de felicidad es el matrimonio. (…) El argumento es simple: si una persona está casada, es más probable que sea más feliz que si no lo estuviera. El hallazgo trae de la mano una recomendación: ¡cásese y será más feliz!”

“La ciencia de la felicidad redescribe corno bueno aquello que las personas ya consideran bueno. En la medida en que promocionar aquello que causa felicidad parece ser un deber de todos, la propia felicidad se vuelve un deber.”

 

Una obligación moral

“A la gente que no es feliz se la considera carenciada, antisocial y patológica: "la gente infeliz tiende a ser solitaria y fuertemente neurótica". Los individuos deben ser felices para los demás: la psicología positiva describe este proyecto no como un derecho, sino más bien como una responsabilidad. En la medida en que alimentar nuestra propia felicidad nos permite incrementar la felicidad de los demás, tenemos la obligación de ser felices.”

 

Perfil de la persona feliz

“Un perfil de felicidad sería el perfil que corresponde al tipo de persona que tiene mayores probabilidades de ser feliz, como puede verse en la siguiente descripción:

La probabilidad de hallar personas felices aumenta e n los países económicamente prósperos (…). Es más probable encontrar personas felices en los grupos mayoritarios que entre las minorías, y más habitual en la cima de la escala social que en la base (…) las personas felices parecen relativamente saludables, física y mentalmente. Son activas y de mentalidad abierta. Se sienten a cargo de sus vidas. Sus aspiraciones están ligadas a cuestiones sociales y morales antes que a hacer dinero. En materia de política, tienden a ubicarse en la variante conservadora del centro.

 

Por consiguiente, en la medida en que se desprenden de determinadas ideas acerca de quién es digno y tiene la capacidad de ser feliz "de la manera correcta", estas nociones de felicidad traen aparejadas distinciones morales y sociales.”

“Resulta así que la felicidad pasa a ser no solo aquello que se desea alcanzar, sino también un modo de aumentar al máximo las posibilidades de alcanzar aquello que se desea.”

“En otras palabras, la atribución de felicidad podría ser un modo de afectivizar normas e ideales sociales, generando la idea de que la proximidad relativa a estas normas e ideales contribuiría a alcanzar la felicidad.”

 

El buen gusto y el mandato moral.

“Como bien demostró Pierre Bourdieu en su monumental La distinción, el gusto es un tipo de orientación corporal muy específica que se organiza a partir de lo que ya ha sido caracterizado como bueno o como un bien mayor.

Aprendemos a diferenciar entre objetos elevados y bajos aprendiendo a discernir qué sabe bien y qué es desagradable: el deleite y el disgusto son orientaciones no solo corporales, sino también sociales. Cuando una persona dice "¿cómo puede gustarte eso?" formula su juicio contra otro como un rechazo a aceptar que a ella pudiera llegar a gustarle lo que le gusta al otro, y dando a entender que ese objeto en el que inviste su felicidad no es merecedor de ello. Esta diferenciación afectiva es la base de un a economía esencialmente moral en la que, como bien ha mostrado Beverly Skeggs, las distinciones de mérito constituyen también distinciones sociales de valor.  Lo que nos "gusta" revela si tenernos o no "buen gusto".

La idea de orientación significa que somos direccionados hacia una serie de objetos específicos a los que se ha atribuido de antemano la idea de deleite, de ser aquellos de los que disfrutan quienes tienen buen gusto. He planteado que los objetos que salen a nuestro encuentro no son neutrales: cuando ingresan en nuestra esfera traen ya determinado valor afectivo, lo que significa que han sido investidos de valor positivo o negativo.  (…) Adquirirnos hábitos, es decir, formas del buen gusto que saben diferenciar los objetos en función de su valor afectivo y moral”

“La felicidad se convierte en un mandato moral”.

 

 

 

 

Capítulo 2: Feministas aguafiestas

 

“En 1960, el malestar que no tiene nombre reventó como un forúnculo, destrozando la imagen de la feliz ama de casa estadounidense. En los anuncios de televisión, las hermosas amas de casa seguían sonriendo (…) . Pero de repente se empezó a hablar de la infelicidad real del ama de casa (…) aunque casi todo el mundo que aludía a aquel tema hallaba alguna razón superficial para restarle importancia.”

Betty Friedan, La mística de la feminidad

 

El modelo de felicidad americano para las mujeres

“En La mística de la feminidad, Betty Friedan identifica un problema que no tiene nombre y expone aquello que se agazapa, latente, tras la imagen de la feliz ama de casa estadounidense.

Lo que se ocultaba bajo esta imagen revienta, como un forúnculo, y deja al descubierto la infección que yace bajo su radiante sonrisa. Friedan muestra así los límites de esta fantasía pública de felicidad. El ama de casa feliz es una figura de fantasía que encubre los signos del trabajo bajo el signo de la felicidad. La afirmación de que las mujeres son felices y que esta felicidad radica en el trabajo que hacen permite justificar una división del trabajo en función del género, no como un producto de la naturaleza, la ley o el deber, sino más bien como la expresión de un anhelo y un deseo colectivo. ¿Qué mejor forma de justificar una distribución desigual del trabajo que afirmando que dicho trabajo hace felices a las personas que lo realizan? ¿Qué mejor forma de asegurar el consentimiento de algunas personas a desempeñar un trabajo gratuito o mal remunerado que describiendo dicho consentimiento como el origen de un sentimiento positivo?

(…) Veamos, por caso, el siguiente pasaje del libro Happy Housewives [Amas de casa felices] , de Darla Shine:

"Quedarte en casa dentro de una vivienda cálida y confortable, enfundada en tus pijamas y pantuflas de peluche, bebiendo café mientras tus bebés juegan en el suelo y tu maridito trabaja duro para pagar todo, eso no es desesperante. ¡ Madura! ¡ Basta de quejarte! ¡ Date cuenta de lo afortunada que eres!".

Ante los ojos de sus lectoras, Shine conjura una imagen muy específica de aquello que hace felices a las amas de casa. Al conjurar esta imagen -del ocio, la comodidad y la tranquilidad-, las invita a retornar a cierto tipo de vida, como si aquella imagen fuera la realidad a la que las mujeres renunciaron al hacer suya la causa feminista: su fantasía de la feliz ama de casa es una fantasía blanca y burguesa del ayer, la nostalgia de un pasado que para la mayoría de las mujeres nunca fue un presente posible, y que hoy lo es todavía menos. Shine afirma que las mujeres decidieron "estar desesperadas" y han sido traicionadas por el movimiento feminista que "arruinó la situación de las mujeres en el hogar". (…) El libro de Shine no es la excepción. En Internet, podemos observar toda una nueva generación de blogueras que hacen suya la identidad de la "feliz ama de casa" y aprovechan el espacio público que ofrecen las nuevas tecnologías para hacer pública su afirmación de felicidad.

Esta afirmación insiste en considerar que el feminismo ha sido un error, y en que es importante enseñar a las mujeres a ser felices: la felicidad es ser una buena ama de casa, y es también aquello que se obtiene al ser buena. Por lo general, en estos blogs encontramos recetas, consejos sobre las tareas del hogar, reflexiones acerca de la maternidad y declaraciones de principios en las que la feliz ama de casa es reconocida como una función y un deber social que es preciso defender, casi como si el acto de habla soy u n ama de casa feliz representara en sí mismo una rebelión contra cierta ortodoxia social.”

 

La educación de las mujeres según Rousseau

“Como explica Rousseau, "la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia. Mientras no nos atengamos a este principio nos alejaremos de la meta, y todos los preceptos que se les den de nada servirán ni para su felicidad ni para la nuestra".  Cualquier desviación de los roles de género, entendidos en términos de que es preciso entrenar a las mujeres para hacer felices a los hombres, constituye una desviación de la felicidad común. Para Rousseau, la buena mujer tiene el deber de mantener a la familia unida y preservar la integridad de su forma.

"¿Pensáis que una mujer amable y prudente, adornada con semejantes talentos que consagra a la distracción de su marido, no añadiría felicidad a su vida y no le impediría, cuando sale de su gabinete con la cabeza agotada, ir en busca de entretenimientos fuera de su casa? ¿No ha visto nadie reunidas de esta forma familias felices en las que cada uno sabe aportar la suya a las distracciones comunes?"

Las mujeres deben aprender a hacer felices a los hombres para mantener la familia unida e impedir que la recreación ocurra en otro lugar. El deber de la mujer es contener a la felicidad dentro de la casa. (…) La hija tiene el deber de reproducir la forma de la familia, lo que significa adoptar la causa de la felicidad parental como si fuese la suya propia.

(…) La felicidad consiste en seguir los caminos de la naturaleza. Las desviaciones de la naturaleza constituyen desviaciones del bien común. Educar a las mujeres para que sean cualquier otra cosa que esposas de los hombres significaría apartarlas de la naturaleza, y por ende de aquello que puede prometerles la felicidad.”

 

La señora Dalloway, la novela de Virginia Woolf.

“Seguir los caminos de la vida (matrimonio, reproducción) es sentir que todo lo que hay por delante es una especie de solemne avance, como si se viviera la vida de otra persona, limitándose a ir en el mismo sentido que los demás, como si hubiera que dejar atrás todo propósito personal, como si vivir no fuera otra cosa que continuar una serie de movimientos que ya ha comenzado antes de que llegáramos.

La necesidad de mantenerse ocupada da cuenta de una tristeza enorme. La necesidad de no verse desbordada por el dolor da cuenta de un dolor enorme. Sin duda, el solo hecho de reconocer la tristeza y la decepción es una ardua tarea cuando se vive una vida que debería ser feliz pero no lo es, que debiendo ser plena se siente vacía.

 

No es solo que estos objetos no causen nuestra felicidad, sino que nos recuerdan nuestra incapacidad de ser felices, encarnan nuestra decepción. Es decir, la infelicidad viene por la incapacidad de ser felices por las cosas que deberían hacernos felices.

 

Hay, creo que todos los sabemos, muchas personas que permanecen en situaciones de infelicidad por miedo a causar la infelicidad de otras, a perder la simpatía de los demás, a renunciar a la simpatía.

 

Como afirma Charlotte Perkins Gilman, "la comodidad y la felicidad son muy probablemente resultado de un largo proceso de adaptación. Nos gusta aquello a lo que nos hemos acostumbrado".  Lo que subyace a esta adaptación es la pérdida de otras formas de vida posibles. (…) La felicidad no es lo mismo que la alegría de una utilización plena de tus capacidades.”


El amor según Nietzsche

 

Todo lo que se llama amor

Avidez y amor: ¡que diferentes sentimientos evocan estas palabras!- y, a pesar de ello, bien pudiera ser el mismo instinto designado desde distintos puntos de vista.

¿Qué significa cansarse de una posesión?: cansarse de uno mismo. (También se puede sufrir por tener mucho- también el deseo de desechar, repartir, puede recibir el honorable nombre de amor.) Cuando vemos sufrir a alguien, nos gusta aprovechar la oportunidad allí ofrecida para apoderarnos de él; no otra cosa hace, por ejemplo, el hombre benevolente y compasivo; también él llama amor al deseo que en él ha despertado la nueva posesión, y goza allí como si le llamara una nueva conquista. Ahora bien, el amor sexual se delata más claramente como impulso compulsivo de propiedades: el amante no quiere otra cosa que la posesión exclusiva e incondicional de la persona anhelada por él; asimismo, quiere un poder incondicional tanto sobre su alma como por sobre su cuerpo; quiere ser amado exclusivamente, vivir y dominar sobre la otra alma como si fuera lo más digno de ser deseado. Compruébese cómo  esto no  significa otra cosa que excluir a todo el mundo de un precioso bien, felicidad y goce (…) Incluso sorprende que de este amor haya surgido el concepto de amor como lo opuesto al egoísmo.

(.. ) Sin duda en este mundo existe de vez en cuando una especie de continuación del amor, en la que aquel ávido anhelo mutuo de dos personas sí ha abierto el camino a un nuevo deseo y avidez, una sed común superior por un ideal que se encuentra por encima de ellos: ¿quién conoce este amor? ¿Quién ha hecho esta experiencia? Su verdadero nombre es amistad. (Nietzsche, La Gaya Ciencia, af. 14)

 

Hay que aprender a amar.

Observemos lo que sucede en el campo de la música: primero hay que aprender a oír un terna, una melodía, saber distinguirla con el oído, aislarla y delimitarla con su vida propia; luego se requiere esfuerzo y buena voluntad para soportarla, a pesar de que sea extraña, y tener paciencia con su aspecto y con su forma de expresarse, además de ternura con lo que tiene de singular. Por último nos acostumbraremos a ella, la esperaremos y la extrañaríamos si nos faltara. De ahora en más no dejará de ejercer en nosotros su coacción y su encanto hasta convertirnos en sus amantes dóciles y rendidos, que no conciben que haya nada en el mundo sino ella, ni desean otra cosa que no sea ella. Esto no nos ocurre sólo con la música; es precisamente la forma en que hemos aprendido a amar todo lo que ahora amamos. Siempre acabamos siendo recompensados por nuestra buena voluntad, nuestra paciencia, nuestra equidad, nuestra ternura hacia lo extraño, cuando lo extraño se va quitando el velo poco a poco ante nosotros y acaba ofreciéndosenos como una belleza nueva e inefable. Es la forma que tiene de agradecernos nuestra hospitalidad. Quien se ama a sí mismo habrá llegado a ello por este camino, no hay otro. El amor debe también aprenderse. (Nietzsche; La Gaya ciencia, af. 334)

EMANUELE COCCIA; METAMORFOSIS

 

El filósofo italiano Emanuele Coccia nos propone una hipótesis en la que cuestiona a la humanidad como producto originario y autónomo para pensar toda existencia en la clave de una multiplicidad en constante devenir. Nuestra vida es la prolongación y la metamorfosis de una vida anterior; nacer, alimentarse y morir son la experiencia de pasar al cuerpo de otrxs, o de incorporar el cuerpo de lxs otrxs. Esta visión rompe con la idea del “yo” autónomo e independiente, lo descentraliza y lo pluraliza:  nosotros venimos desde otra parte y vamos hacia otros destinos, hacia otras formas de vida. En este sentido, nuestra vida no es nuestra, ni tiene un comienzo, ni tiene una final. A continuación, el primer capítulo de este maravilloso libro.


La fascinante continuidad de la vida

En el comienzo éramos todas y todos el mismo viviente. Hemos compartido el mismo cuerpo y la misma experiencia. Las cosas no han cambiado tanto desde entonces. Hemos multiplicado las formas y las maneras de existir, pero todavía hoy somos la misma vida. Desde hace millones de años, esta vida se transmite de cuerpo en cuerpo, de individuo en individuos, de especie en especies, de reino en reino. Desde luego, ella se desplaza, se transforma. Pero la vida de cualquier ser vivo no comienza con su propio nacimiento: es mucho más antigua.

Consideremos nuestras existencias. Nuestra vida, lo que imaginamos como lo que hay de más íntimo e incomunicable en nosotrxs, no viene de nosotrxs, no tiene nada de exclusivo ni de personal: nos fue transmitida por otrx, animó otros cuerpos, otras parcelas de materia distinta a la que nos alberga. Durante nueve meses, la inapropiabilidad e inasignabilidad de la vida que nos anima y nos despierta fueron una evidencia física, material. Fuimos el mismo cuerpo, los mismos humores, los mismos átomos que nuestra madre. Somos esa vida, que comparte el cuerpo de otrx, prolongada y dirigida a otra parte.

El aliento de otrx se prolonga en el nuestro, la sangre de otrx circula en nuestras venas, el adn que otrx nos dió esculpe y cincela nuestro cuerpo. Si nuestra vida comienza mucho antes de nuestro nacimiento, también se termina mucho después de nuestra muerte. Nuestro aliento no se agota en nuestro cadáver: alimentará a todxs lxs que encuentren en él una Cena sagrada.

Nuestra humanidad tampoco es un producto originario y autónomo. También es la prolongación y la metamorfosis de una vida anterior. Más precisamente, es una invención que algunos primates –otra forma de vida– supieron extraer de su propio cuerpo –de su aliento, de su adn, de su manera de vivir– para hacer existir de otra manera la vida que los habitaba y los animaba. Son ellas y ellos quienes nos transmitieron esta forma –y quienes a través de la forma humana continúan viviendo en nosotrxs–. Los primates mismos, de hecho, también son una experimentación, una apuesta lanzada por otras especies, por otras formas de vida. La evolución es una mascarada que se despliega en el tiempo y no en el espacio; que permite a cualquier especie, de era en era, portar una máscara nueva en relación a la especie que la engendró, y a las hijas e hijos, no dejarse reconocer por ni reconocer más a sus padres. Y, sin embargo, a pesar de ese cambio de máscara, especiesmadres y especies-hijas son una metamorfosis de la misma vida. Cada especie es un mosaico de pedazos sacados de otras especies. Nosotrxs, las especies vivientes, jamás hemos dejado de intercambiar piezas, líneas, órganos, y lo que cada unx de nosotrxs es, lo que llamamos “especie”, es solo el conjunto de las técnicas que cada ser vivo tomó prestado de lxs otrxs. A causa de esta continuidad en la transformación, toda especie comparte con centenares de otras una infinidad de rasgos. El hecho de tener ojos, orejas, pulmones, una nariz, sangre caliente, lo compartimos con millones de otros individuos, con miles de otras especies –y en todas esas formas somos humanos solo parcialmente–. Cada especie es la metamorfosis de todas las que la precedieron. Una misma vida que se improvisa un cuerpo nuevo y una forma nueva con el fin de existir de manera diferente.

Es la significación más profunda de la teoría darwiniana de la evolución, aquella que la biología y el discurso público no quieren oír: las especies no son sustancias, no son entidades reales. Son “juegos de vida” (en el mismo sentido en que para el discurso se habla de “juegos de lenguaje”), configuraciones inestables y  necesariamente efímeras de una vida que ama transitar y circular de una forma a la otra. Todavía no hemos extraído todas las consecuencias de la intuición darwiniana: afirmar que las especies están vinculadas por una relación genealógica no significa simplemente que los vivientes  constituyen una gran familia o un clan. Significa, sobre todo, establecer que la identidad de cada especie es puramente relativa: si los monos son los padres y los hombres los hijos, solo somos humanos por y de cara a los monos, así como cada unx de nosotrxs no es hija o hijo en sentido absoluto, sino solamente en relación con su madre y su padre. Toda identidad específica define exclusivamente la fórmula de la continuidad –y de la metamorfosis– con las otras especies.

Estas consideraciones se aplican también al conjunto de los vivientes. No hay ninguna oposición entre lo viviente y lo no-viviente. Todo viviente está en continuidad no solamente con lo no-viviente, sino que también es su prolongación, su metamorfosis, su expresión más extrema.

La vida es siempre la reencarnación de lo no-viviente, el bricolaje del mineral, el carnaval de la sustancia telúrica de un planeta –Gaia, la Tierra– que no cesa de multiplicar sus rostros y sus modos de ser en la partícula mínima de su cuerpo dispar, heteróclito. Cada yo es un vehículo para la Tierra, un navío que permite que el planeta viaje sin desplazarse.




Kant, por Rudiger Safransky

 Rudiger Safransky; Schopenhauer y los años salvajes de la filosofíaSEGUNDO ESCENARIO FILOSÓFICO: DE DESCARTES A KANT.

 

¿Qué luz es la que persigue Schopenhauer, qué sol ha amanecido para él en ese momento en el cielo de la filosofía? Su primer maestro de filosofía, el escéptico kantiano Gottlob Ernst Schulze, le ha señalado dos estrellas: Platón y Kant. Schulze es un hombre astuto y sabio que sabe contrapesar escépticamente posturas contra-puestas. En Platón podemos encontrar la vieja y autosuficiente me-tafísica; en Kant topamos, por doquier, con el temor a que ésta tras-pase los límites del conocimiento.

Platón y Kant —entre estos dos polos se mueve efectivamente el espíritu filosófico de la época, que aspira a una metafísica renovada, más allá de Kant, y que quiere construir la totalidad —Dios y el mundo— a partir de leyes que, precisamente con ayuda de Kant, habían sido descubiertas en el sujeto. Kant, mezcla de rococó y pietismo, había dejado que las más venerables verdades filosóficas —inmortalidad del alma, libertad, existencia de Dios, comienzo y fin del mundo— se balanceasen sobre un frívolo péndulo: eran válidas y no eran válidas al mismo tiempo. Los problemas de la metafísica, enseñaba, no se pueden resolver, y, aunque tengamos que plantearlos de nuevo continua-mente, lo mejor es no tomar demasiado en serio las sucesivas respuestas que se les da. Si una de ellas ayuda a vivir, habrá que tomarla en el sentido del 'como si'. Este es el guiño de ojos que hace Kant, su epicureísmo rococó.

Pero las verdades no pueden sostenerse en vilo sobre este frívolo péndulo del 'como si' por mucho tiempo. Tendrán que derrumbarse y ser tomadas de nuevo en serio. Fichte, Schelling y Hegel no aceptarán el 'como si' y filosofarán de nuevo con la renovada autosuficiencia del absoluto. Pero la nueva absolutez —y hasta ahí por lo menos llega el influjo de Kant— es la absolutez del sujeto.

Arthur Schopenhauer había captado el refinamiento y la frivolidad de Kant en relación con el tema de las cuestiones últimas, incluso antes de haber juzgado correctamente su filosofía. «Epicuro es el Kant de la filosofía práctica, como Kant es el Epicuro de la especulativa» (HN, I, 12), se lee en una nota marginal escrita por Schopenhauer en 1810.

Epicuro, como es bien sabido, se había despreocupado de la existencia de los dioses y había desgajado la moralidad práctica de toda obligación y de toda promesa celestial. En lugar de éstas, en el punto central de una sabiduría pragmática de la vida, había situado el ansia de felicidad, completamente terrenal, junto con la evitación del sufrimiento y del dolor. Los valores absolutos no tenían para él más validez que la del 'como si». Si juegan un papel al servicio de la felicidad, cabe servirse de ellos; se trata entonces de ficciones que apoyan la vida y que ganan realidad en la medida en que contribuyen a hacer posible la felicidad.

Al designar a Kant como 'Epicuro de la filosofía especulativa' Schopenhauer demuestra que algo ha entendido de él. La incognoscibilidad de la 'cosa en sí' juega efectivamente en Kant un papel semejante al que tenían los dioses en Epicuro, a los que el antiguo maestro de la vida también pretendía dejar en paz.

Kant representa la gran censura a finales del siglo XVIII. Después de su aparición, el pensamiento occidental no volvería ya nunca a ser como antes, algo de lo que él mismo era consciente. «Hasta ahora se suponía», escribe, «que todos nuestros conocimientos tenían que regirse por los objetos... Pero hay que probar... si no avanzaremos más suponiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento... Hay aquí cierto parecido con el primer pensamiento de Copérnico, quien, al no poder proseguir con la explicación de los movimientos celestes bajo el supuesto de que toda la legión de estrellas girase alrededor del espectador, trató de ver si no se podría explicar todo mejor suponiendo que era el espectador el que se movía y dejando a las estrellas en paz.»

Kant había comenzado sus investigaciones, siguiendo el método de la antigua metafísica, en busca de las aprioridades del pensamiento, es decir, de certezas que, al ser dadas con anterioridad a cualquier experiencia (Physis), pueden, según pretendía la tradición, fundar una metafísica. Kant, de hecho, señaló tales certezas anteriores a cualquier experiencia, pero mostró que las mismas sólo sirven para la experiencia y son ya incapaces por tanto de fundar la metafísica. Con esta declaración solemne, el 'a priori' desciende de los cielos: a partir de ahora, deja de servir como anclaje vertical y lo único que proporciona es una orientación horizontal. Para medir el nuevo impulso hacia la modernidad y la secularización que se produce con Kant hay que volver la vista atrás hacia Descartes.

Con Descartes, la razón había elevado ya su orgullosa cabeza y el Dios revelado había perdido fuerza. Necesitaba de apoyo, por tanto. Descartes, a partir de la autorreflexión de la razón, muestra las razones por las que tiene que existir un Dios tanto como existe el mundo. Kant, a partir de la autorreflexión de la razón, muestra las razones por las que tiene que existir la ficción de un Dios. Es el abismo que separa a los dos. En Descartes, Dios había sufrido ya una degradación al convertirse en un ser fundado en la razón. En Kant, sufre una nueva y dramática reducción: se convierte en Idea «regulativa».

Con anterioridad a Kant, Descartes había iniciado la búsqueda de una certeza metafísica última cuyo principio y cuyo fin fuese garantizado por la autorreflexión de la razón. En Descartes, actuaba ya el espíritu de la modernidad, pues, naturalmente, lo que se torna dudoso para él no es la existencia del mundo —aunque él pretenda lo contrario—, sino la existencia de Dios. Por eso, de su famoso «cogito ergo sum» no extrae una demostración del mundo (que es absolutamente superflua), sino una demostración de Dios. Pero al demostrar racionalmente la existencia de Dios, Descartes entraba en terreno peligroso, pues sus investigaciones estaban liberando al espíritu autónomo del análisis que acabaría disolviendo incluso la más poderosa de todas las síntesis, es decir, al propio Dios. Esa no será empero la obra de Descartes, sino de sus continuadores. (…)

El cartesianismo, universo de la racionalidad, brota en el punto de Arquímedes del retraimiento y del sosiego. Las certezas racionales de Descartes están encerradas en los recodos interminables de la meditación, por mucho que se hable de «mathesis» del orden y de «deducciones». Por eso es tan insensato identificar sin más el 'cogito' cartesiano con el flaco concepto de razón de la racionalidad moderna. De hecho, las meditaciones de Descartes son un diálogo con Dios. Su posición podría expresarse del modo siguiente: la razón, mediante la que se puede conocer a Dios, me convierte en propiedad de Dios. No soy yo el que me apropio de Dios con mi razón sino al contrario: Dios se apropia de mí en mi razón. Pero esta relación se apoya en un equilibrio inestable; basta un movimiento minúsculo y todo habrá cambiado: el Dios basado en la razón se convertirá en la divina razón.

La «mathesis universalis» cartesiana, y en mayor medida todavía la meditación sosegada del ensimismado Spinoza, así como las expediciones ávidas de experiencia del empirismo inglés (Locke, Hume), habían puesto en acción la actividad racional y el afianza-miento de la sensibilidad para explicar el mundo y la acción, sin que la orgullosa razón tuviese que quedar por ello en desamparo metafísico. Los reparos escépticos o espirituales de Montaigne y Pascal no pudieron detener el ostentoso avance de la razón. En Leibniz, y luego en Christian Wolff, la totalidad, Dios y el mundo, queda unificada de nuevo en una síntesis grandiosa. El tránsito fronterizo entre el cielo y el mejor de todos los mundos se realiza sin problemas, ya sea por la vía deductiva, ya por la inductiva. Todo forma un continuo, la naturaleza no da saltos; las «perceptions petites» (percepciones inconscientes) y el cálculo infinitesimal dan cuenta de las transiciones. Podemos expresarlo exactamente de este modo: Leibniz enseña a su siglo a calcular con el infinito, apoyado por el genio musical del maestro de cálculo Johann Sebastián Bach, quien sublima la «mathesis Universalis» convirtiéndola en culto a Dios.

Kant, siguiendo el método de la metafísica anterior, busca aprioridades del pensamiento y encuentra más que nadie. Nos ofrece todo un muestrario de las mismas: las formas de la intuición, espacio y tiempo; un complicado mecanismo de categorías del entendimiento; y ese batán de la «apercepción» que pulveriza el material de la experiencia reduciéndolo a lo que finalmente podemos percibir y entender conceptualmente. Todas estas aprioridades son meros dispositivos de los que estamos provistos, en cuanto sujetos, antes de que llegue a nosotros el material de la experiencia. Pero las mismas, como señala Kant, no nos conectan con el cielo. Existen antes de cualquier experiencia, más acá y no más allá de ella, por tanto; no remiten hacia lo transcendente: son meramente transcendentales. Son las condiciones, la mera forma de cualquier experiencia posible: carecen, pues, de interés metafísico; interesan exclusivamente desde el punto de vista epistemológico. Si las examinamos de cerca, transcendemos la experiencia en dirección a las condiciones de su posibilidad: horizontal y no verticalmente por tanto. El 'trascendental' kantiano es en cierto modo lo contrario de lo 'trascendente', pues el análisis trascendental consiste precisamente en mostrar que no podemos, y por qué no podemos, tener conocimiento de lo trascendente. Ningún atajo lleva de lo trascendental hacia la trascendencia. Por ejemplo: nuestro entendimiento ordena el material de la experiencia siguiendo principios de causalidad. Frente al sensualista David Hume, que considera la causalidad como una hipótesis probable derivada de la experiencia y establecida a posteriori por tanto, Kant indica que la noción de causalidad no la obtenemos de la experiencia sino que, por el contrario, nos dirigimos a la experiencia provistos con ella; es decir, la aplicamos a priori a los objetos de nuestra experiencia. La causalidad no es, pues, para Kant un esquema del mundo exterior, sino un esquema de nuestra cabeza que nosotros proyectamos sobre el mundo exterior. El a priori de la casualidad existe, pero sólo para el ámbito de la experiencia. Querer hacer de Dios la causa primera, utilizando el principio de causalidad, es sobrepasar el ámbito de toda experiencia posible y significa hacer uso inadecuado de una categoría del entendimiento. Con esta observación de Kant, se quiebran todas las cadenas argumentativas de la prueba racional de Dios, tan majestuosamente trabadas a lo largo de los dos siglos anteriores. Kant destruyó la metafísica tradicional y fundó la moderna teoría del conocimiento. Trató de imponer disciplina al pensamiento y mostró con perspicacia en qué ocasiones y con qué pretextos la razón se salta las barreras y se pierde en campos de ensueño en los que nada hay que buscar. (…)

(…) Kant toma conciencia de lo urgente que resulta llevar a cabo una empresa filosófica que no se ocupe tanto «de objetos, cuanto de la manera en la que son conocidos los objetos». Contra el delirio de la iniciación a lo trascendente quiere establecer la cordura de lo trascendental.

(…) Todo el mecanismo de relojería de nuestra facultad perceptiva y cognoscitiva, construido por Kant al estilo rococó, con sus cuatro tipos de juicios, a los que se fijan las tenazas de sus respectivas tres categorías: por ejemplo, en la cualidad del juicio, las categorías de 'realidad, negación, limitación' y así sucesivamente (Kant quería instalar incluso engranajes más finos, o por lo menos así lo insinuó al decir que podría «diseñar a su arbitrio todo el árbol genealógico de la razón pura») —todo este aparato, decimos, es algo completamente diferente de un «árbol»; para trabajar y poder descomponer y reconstruir de nuevo el material de la  experiencia se necesita de energía viviente. La caracterización de esa energía es un punto central de la filosofía kantiana. La denomina —y eso tendría que sorprender hoy a todos aquellos que no ven en Kant más que al ingeniero del entendimiento— «imaginación productiva». «Que la imaginación sea un ingrediente necesario de la percepción», escribe, «es algo en lo que ningún psicólogo ha caído todavía».

La entronización de la imaginación no fue obra exclusiva del movimiento Sturm und Drang y el Romanticismo. También Kant contribuyó a ello y, si tenemos en cuenta su enorme influencia, podemos considerarlo a él como el más efectivo entronizador de la misma. Por otra parte, recibió una valiosa sugerencia al leer el Emile de Rousseau: tan impresionado se sintió esa tarde que prescindió incluso de su puntual paseo de cada día.

Rousseau había introducido un ensayo filosófico, con el título «Confesión de fe de un vicario savoyano», en el cuarto libro de su novela educativa Emile (1762), en el que presumía de querer «constatar» el único punto evidente para él en el océano de las opiniones. Rousseau se enfrenta con las concepciones epistemológicas de los sensualistas ingleses. Estos, según él, entienden al hombre percipiente y cognoscente como un medio meramente pasivo en el que se reproducen de un modo u otro las impresiones sensibles. Contra tal concepción, desarrolla su teoría, tan rica en consecuencias, de la espontaneidad, es decir, de la parte activa en el conocimiento y la percepción. A partir del análisis de la facultad de juicio va extrayendo, con auténtico virtuosismo, la aportación del yo.

Un ser meramente sensitivo no podría captar la identidad de un objeto al que ve y toca al mismo tiempo. Lo visto y lo tocado se convertirían para él en dos 'objetos' diferentes. Es el 'yo' el que los pone en conexión. La unidad del yo garantiza por tanto la unidad de los objetos exteriores.

Rousseau va todavía más lejos: compara el sentimiento del 'yo' y la 'sensación' del mundo exterior y llega a la conclusión de que sólo puedo «tener» la sensación cuando ésta forma parte del sentimiento del yo; y puesto que las sensaciones introducen en mí el ser exterior y a su vez sólo existen en el ámbito del sentimiento del yo, sin éste no puede haber ser. O, dicho de otra manera: la percepción del yo produce el ser. Pero la percepción del yo no es más que la certeza de que soy. Rousseau se opone también a Descartes en este punto, e invirtiendo el clásico enunciado 'pienso, luego existo', proclama: 'Existo, luego pienso'. Los pensamientos no se pueden pensar ellos mismos. Y por muy constrictiva que sea la relación que la lógica impone entre dos representaciones, para que surja tal relación, es preciso que yo la quiera establecer. Entre dos puntos no hay línea si yo no la trazo.

Para Descartes, la voluntad es la fuente del error, pero el pensamiento 'puro' es un pensamiento que se puede pensar sin el impulso de la voluntad. Rousseau muestra que incluso el acto de pensamiento más elemental sólo se puede llevar a cabo por la fuerza de un yo existente y por tanto volente.

Esta fuente fundamental de actividad que pone en marcha a la percepción y al conocimiento, descubierta por Rousseau, es lo que Kant llama «imaginación». Desarrolla también conceptos mucho más complejos para explicar esta actividad básica del yo. Habla, por ejemplo, de la «síntesis trascendental de la apercepción» (sin que tal atentado lingüístico le produzca mayor rubor); o, simplemente, de la «consciencia pura». Dice de ésta que es «el punto más alto al que tiene que llegar todo uso del entendimiento, incluso toda la lógica y, por último, la filosofía trascendental».

Hoy, puede parecer sorprendente la enorme sutileza desplegada para extraer de los intrincados vericuetos del pensamiento lo que, en apariencia, resulta más evidente, es decir, el 'yo soy'. Tiene que resultarnos sorprendente si queremos percatarnos realmente de cuál fue el punto de partida de la autoconsciencia, en el momento de su nacimiento filosófico, y de los sentimientos de euforia que acompañaron a ese nacimiento. Pues, en la crítica que se hace habitualmente de la razón, se pasa por alto con frecuencia tales factores: el placer, la intensidad, el vitalismo que estuvieron asociados al descubrimiento de un yo capaz de instaurar el mundo. Lo simple era tan difícil que había que hacer largos recorridos hasta llegar allí. Sólo se puede entender la euforia de la llegada cuando uno tiene consciencia de lo vasto que era el encubrimiento del yo en la época premoderna. Las acciones de pensar, creer, sentir, como nos ha enseñado Foucault, tenían entonces otras connotaciones. El pensamiento desaparecía en lo pensado, la sensación en lo sentido, la voluntad en lo querido, y la creencia en lo creído. El sujeto introdujo en sus propias obras a una furia de las desapariciones y la mantuvo firmemente sujeta allí. Y ahora, de pronto, el escenario da la vuelta, el creador se separa de sus obras, las pone delante de sí y exclama: ¡mira, yo he hecho todo eso!

Cuando sucedió tal cosa por primera vez —es la época de Rousseau y Kant— fue vivenciada como un amanecer que abría todas las esperanzas.

El ser humano, que descubre súbitamente que él mismo es el director del teatro del que hasta ahora se sentía espectador, vuelve a recoger en su mano todas las riquezas dispersas por el cielo, descubriendo que son cosas realizadas por uno mismo. Pero aunque esto puede embelesar por un momento, acaba decepcionando. El descubrimiento de la propia obra en los viejos tesoros de la metafísica les hace perder su encanto y sus promesas. Pierden brillo y se tornan triviales. La escapatoria será la siguiente: si uno es el hacedor, hay que hacer cuanto sea posible; habrá que buscar el futuro mediante acumulaciones frenéticas. Las verdades estarán ahí sólo para ser 'realizadas'. Eso pondrá en marcha la religión secularizada del crecimiento y del progreso. Finalmente, llega un tiempo en el que uno se siente cercado por lo hecho y aspira hacia lo devenido, un tiempo en el que la 'apropiación' de lo 'propio' se convierte en problema; se hablará entonces de 'enajenación' dentro de un mundo construido por uno mismo: lo hecho desborda al hacedor. La imaginación descubre una nueva utopía: la posibilidad de llegar a dominar lo hecho. Pero cuando estas utopías pierden fuerza, surge el cerco de un nuevo tipo de temor: el temor ante una historia construida por uno mismo.

Al principio, naturalmente, nadie pensó ni previo todo esto. Lo que imperaba era la euforia ante una tierra recién conquistada. Así, al menos, festeja Kant el acontecimiento de la autofundamentación y el hallazgo de uno mismo en un mar de pérdidas e incertezas. «El país de la razón pura... es una isla envuelta por la misma naturaleza con límites invariables. Es el país de la verdad... rodeado por un amplio y tempestuoso océano.» Kant trató de crear y fortificar un punto de apoyo desde el que fuera posible contemplar, con cierta tranquilidad, el piélago de lo desconocido. A este algo 'desconocido' le dio un curioso nombre: la «cosa en sí». La «cosa en sí» es desconocida de una manera mucho más radical de lo que pueda serlo algo que simplemente todavía no se conoce. La «cosa en sí» es el nombre para algo desconocido que, paradójicamente, queda constituido por nosotros mismos al mismo tiempo que conocemos algo; es la sombra que proyectamos al conocer. Podemos captar cualquier cosa sólo en lo que es para nosotros. Lo que sean las cosas 'en sí', independientemente de los 'órganos' con las que nos las representamos, es algo que se nos escapará siempre. El ser es 'ser representado'. Con la «cosa en sí», un nuevo tipo de trascendencia asoma en el horizonte: no la trascendencia del antiguo más allá sino una trascendencia que no es más, pero tampoco menos, que la parte invisible de todas las representaciones.

Por lo que respecta al propio Kant, cabe señalar que se despreocupó tranquilamente de la «cosa en sí» epistemológica, exterior a nosotros, dejándola estar ahí sin más. En un primer momento, le inquietó desde luego la curiosidad de saber lo que sea el mundo más allá de nuestras representaciones. Pero después aplacó esta inquietud con un agudo análisis de las contradicciones («antinomias») de nuestra razón. «La razón humana», así empieza el prólogo de su Crítica de la rascón pura, «tiene el singular destino... de ser asediada por preguntas que no puede desechar, pues le son planteadas por la misma naturaleza de la razón, pero que tampoco puede responder, puesto que superan la capacidad de la razón humana.» Esta contradicción no se puede resolver: hay que enfrentarse a ella. Pero es posible hacer esto tanto mejor cuanto que, con nuestra razón, podemos desenvolvernos en un mundo que nos es, en última instancia, desconocido. La experiencia y el saber no nos proporcionan ciertamente una verdad absoluta. Pero si nos confiamos a ellos sabemos lo suficiente como para afianzarnos en el mundo. Hoy lo diríamos de otra manera: nuestras formas de experiencia y de conocimiento no nos dan conocimientos absolutos pero sí rituales de adaptación al mundo de la vida.

La «cosa en sí» kantiana iba a hacer una carrera singular. Kant dejó tras de sí un edificio bien repleto de conocimiento racional, pero la «cosa en sí» actuaba como un orificio a través del que soplaba un viento inquietante. Los sucesores de Kant, por su parte, no estaban dispuestos a despreocuparse de esta «cosa en sí» con la misma serenidad con la que lo había hecho el sabio soltero de Könisgberg. Querían com-prenderla a toda costa. Una curiosidad irrefrenable pretenderá ahora penetrar en el supuesto corazón de las cosas. Da lo mismo que sea éste el 'yo' de Fichte, el 'sujeto de la naturaleza' de Schelling, el 'espíritu objetivo´de Hegel, el 'cuerpo' de Feuerbach o el 'proletaria-do' de Marx; todos querrán despertar al mundo de su sueño y, si no existe una palabra mágica, habrá que inventarla; y si no existe una última verdad por descubrir, habrá que 'hacer' la verdad. O más exactamente: se esperará de la historia, hecha por uno mismo, que traiga la verdad. La huella ensangrentada de la historia más reciente es la rúbrica de esa verdad. Habrá que acechar a la verdad como a un enemigo. «Nos falta algo», grita el Danton de Büchner, «no tengo ningún nombre para darle, pero no podemos encontrarlo hurgando en las entrañas; ¿para qué debemos pues reventarnos? ¡Va, somos miserables alquimistas!»

Tampoco el joven Schopenhauer se dio por satisfecho con la serenidad escéptica de Kant. También él quiso alcanzar el corazón de las cosas. (…)

Al final de su época de estudios en Gotinga y, sobre todo en Berlín, Arthur Schopenhauer descubrirá de nuevo a Kant y encontrará entonces la dimensión de un filosofar existencial que ahora inútilmente busca en él. Entenderá entonces por fin al Kant del que no hemos hablado todavía, a saber, al gran teórico de la libertad humana.

Kant se acercó al misterio de la libertad de tal suerte que su influencia sobre la época no fue menor en este aspecto que la que había ejercido con su teoría del conocimiento. En cuanto teórico de la libertad, fue el Sartre de principios del siglo XIX.

(…) Acordémonos: Kant entendía la «cosa en sí» como el reverso de todas nuestras representaciones. Por lo demás, se despreocupó después de tal «cosa en sí», fuera de nosotros, de esa manera frívolo-escéptica que ya hemos descrito. Pero, al mismo tiempo, instaló ese reverso con osadía, y consecuentemente a la vez, en nosotros mismos.

Nosotros, además de ser una «cosa en sí», somos también una representación para nosotros mismos. Por una parte, reflejamos como un espejo; pero somos, por otra, el reverso del espejo. Somos un ojo —eso es lo que hace del mundo algo visible—, pero un ojo que no puede verse a sí mismo mientras ve. Así, la trascendencia, algo sublime antaño, se transforma en el punto ciego de nuestra existencia, en la «oscuridad del instante vivido» (Bloch). Actuamos ahora y podremos encontrar siempre más tarde una necesidad, una causalidad para nuestra acción. En el instante de la acción empero estamos 'indeterminados'. Yo me experimento como un ser que no está ligado a una cadena causal sino como un ser con el que comienza, de la nada en cierto modo, una nueva cadena causal. El universo del ser necesario queda escindido en cada instante. Kant ilustra esto con un ejemplo trivial: «Cuando ahora..., completamente libre y sin el influjo necesario determinante de las causas naturales, me levanto de una silla, este acontecimiento da inicio a una nueva serie causal con todos sus efectos naturales hasta el infinito. Después, cuando ya esté levantado, seré presa de explicaciones causales en lo que respecta a este suceso; en ese momento se hará evidente la necesidad, pero sólo porque el suceso del levantarse ya acabó. Cada instante me sitúa ante la elección y me pone en manos de la libertad.»

'Necesidad', 'causalidad' —se trata de categorías de nuestro entendimiento al servicio de la representación y, por tanto, del mundo como se nos aparece. Yo mismo soy un fenómeno para mí en la medida en que me convierto en objeto de mi propia consideración y reflexiono sobre mis acciones. Pero, al mismo tiempo, me experimento en libertad. El hombre vive en dos mundos. Por una parte es, en terminología kantiana, un «phainomenon», una célula del mundo sensible cuya existencia se somete a las leyes del mismo; por otra parte es un «noumenon», una «cosa en sí» —sin necesidad, sin causalidad—, un algo que ya es incluso antes de que yo pueda comprenderlo y explicarlo; y que es diferente e infinitamente más de lo que yo puedo entender.[1]

(…) En la caracterización que hace Kant del hecho de la libertad como comienzo 'incondicionado' de una cadena causal, escuchamos de nuevo a Rousseau. Este había respondido con osadía a la cuestión de si es pensable de algún modo un comienzo del mundo: tal comienzo es pensable porque nosotros mismos podemos comenzar de nuevo en cada instante. «Tú me preguntarás», se dice en el Emile, «cómo sé que hay movimientos que parten del propio impulso; tengo que decirte que lo sé porque lo siento. Quiero mover mi brazo y lo muevo sin que ese movimiento tenga ninguna otra causa inmediata más que mí voluntad.»

Así pues, Rousseau había considerado a la 'voluntad' como la fuerza de la libertad. Pero debemos señalar que Kant sigue otro camino en este punto. Para él, el 'deber' se convierte en la quinta-esencia de la libertad. Le lleva ahí una complicada argumentación que se reduce en último término a un pensamiento simple: la 'voluntad' es la naturaleza en nosotros. Lo que la naturaleza quiere en nosotros es precisamente la necesidad natural y no la libertad. Así pues, somos libres cuando tenemos la fuerza de romper las cadenas que, en cuanto seres naturales, nos sujetan. Libertad es el triunfo sobre nuestra naturaleza pulsional. En cuanto seres naturales, pertenecemos al reino de los fenómenos; pero a pesar de ello podemos escapar del mundo fenoménico, con sus necesidades, cuando escuchamos la voz de la conciencia; cuando somos capaces de superarnos en cuanto seres naturales; en la medida en que somos capaces de hacer algo a lo que no nos obliga ninguna necesidad natural sino sólo la voz de la conciencia. Cuando nos hemos decidido por un determinado 'deber', en un acto fundamentante, estamos actuando 'incondicionadamente'. Y cuando este 'deber' tiene la fuerza de producir un 'querer', entonces triunfa en nosotros la «cosa en sí» que somos en definitiva en cuanto seres morales. Una acción tal es lo que Kant llama «moral». Moral es, pues, lo que no recibe sus leyes del mundo de los fenómenos; somos morales en la medida en que superamos nuestra naturaleza. Nuestra moralidad nos introduce en el corazón recóndito del mundo.

Al llegar a este punto, la «cosa en sí», moralizada, recibe la herencia de la vieja metafísica. «Cosa en sí», «libertad» y «ley moral» quedan enlazadas por la «razón práctica», la cual compensa el vacío del cielo exterior con un cielo de moralidad en la cabeza.

(…) la fuerza de la libertad no es en Kant la 'voluntad' rousseauniana (demasiado naturalista para él), sino el 'deber', un deber que tiene fuerza suficiente, es decir, autonomía, para extraer de sí mismo un querer.

La razón práctica, que brota del misterio de la «cosa en sí», tiene la fuerza, según Kant, de producir acciones que sólo acontecen porque son razonables y no necesita apoyarse en el impulso de la inclinación o del miedo. Más aún, tiene incluso que rechazar tales impulsos: «hay almas que son por naturaleza tan generosas», escribe Kant, «que encuentran un placer interior en expandir felicidad en torno suyo y pueden regocijarse en la satisfacción de los demás cuando es fruto de las propias obras. Pero yo afirmo que tal clase de acciones.... por muy respetables que sean, no tienen un verdadero valor moral.»

(…) Los imperativos de la razón práctica, en Kant, no prometen recompensa alguna ni es posible seguirlos en cuanto medios para conseguir otros fines. Es la pura obligación por mor de sí misma. Están en el límite de todas las series pensables de medios. Captamos el deber en la ley moral interior. Es como si la vieja metafísica, destronada de los amplios espacios del cosmos, hubiese reunido todas las fuerzas que le restaban y se hubiese instalado en la conciencia del sujeto secularizado, lugar desde el que ahora le hostiga y le espolea sin cesar.

(pag-146-166)



[1] Inconsciente – voluntad- Cuerpo

jueves, 28 de abril de 2022

La diferencia entre animalidad y humanidad según Rousseau



 

“Por tanto, Rousseau hace muy bien en rechazar tanto las tesis cartesianas —que

reducen al animal al estatus de máquina, de un autómata carente de sensibilidad— como

las antiguas que hacían del hombre el único ser vivo con capacidad de raciocinio.

El criterio de diferenciación entre el hombre y los animales ha de ser otro.

Rousseau lo va a situar en el ámbito de la libertad o, como dice recurriendo a una

palabra que vamos a analizar, de la perfectibilidad. Explicaré mejor ambos términos más

adelante, cuando hayas leído el texto de Rousseau. Por el momento, me limitaré a decir

que esta perfectibilidad servía para dar nombre a cierta aproximación a nuestra

capacidad para perfeccionarnos a lo largo de toda nuestra vida, mientras que el

animal, guiado desde sus orígenes y de forma segura por la naturaleza (o como se decía

en la época, por el instinto), es, por así decirlo, perfecto «de golpe», desde su

nacimiento. Si la observamos objetivamente, constatamos que a la bestia la conduce un

instinto infalible, común a su especie, como si de una norma intangible se tratara, una

especie de programa informático del que jamás puede desembarazarse del todo. Así, de

golpe y plumazo se ve privada tanto de libertad como de la capacidad para

perfeccionarse: privada de libertad porque, de alguna manera, se encuentra encerrada en

su programa, ha sido «programada» por la naturaleza de modo y manera que esta última

hace las veces de cultura. Y privada de la capacidad de perfeccionamiento porque, al

verse guiada por una norma natural intangible, no puede evolucionar indefinidamente,

sino que, de alguna forma, es la naturaleza misma la que la limita.

En cambio el hombre se va a definir a la vez por su libertad, su capacidad de eludir el

programa que guía al instinto natural, y, a la vez, por su capacidad para generar una

historia en la que la evolución es un a priori indefinido.

 

(..) Ahora bien, la situación del ser humano es la distinta. Ésta es la razón por la que puede

considerarse libre y, por consiguiente, perfectible, porque él podrá, a diferencia de los

animales lastrados por una naturaleza casi eterna, evolucionar. Está tan poco

programado por la naturaleza que puede desembarazarse de todas las reglas prescritas

para los animales. Por ejemplo, puede cometer excesos, beber alcohol o fumar hasta

morir (algo que los animales no pueden hacer).

 

(…) Pero contamos con otro ejemplo del carácter antinatural de la libertad humana —del

desligamiento o del exceso, es decir, de la primacía de la voluntad sobre los «programas

naturales»— aún más sorprendente. Desgraciadamente, se trata de un ejemplo

paradójico que no habla precisamente a favor de la humanidad, puesto que se trata del

fenómeno del mal, que resulta muy impresionante. Es preciso que te tomes un tiempo

para reflexionar sobre este tema y te formes una opinión al respecto. Pero, como verás,

es un argumento poderoso a favor de la idea de Rousseau sobre el carácter antinatural, y

por tanto no animal, de la voluntad humana. En efecto, el ser humano parece ser el único

capaz de mostrarse como un ser realmente diabólico.

Entiendo perfectamente la objeción que surge inmediatamente en la mente de

cualquiera: ¿acaso los animales no son, en general, igual de agresivos y crueles que los

hombres?

 

A primera vista así parece, sin duda, y podríamos dar un montón de ejemplos que los

defensores de la causa de los animales tienden a callarse. Cuando era niño vivía en una

casa de campo y tenía una veintena de gatos a los que he visto destripar sus presas con

una crueldad aparentemente injustificable, comer ratones vivos, jugar durante horas con

pájaros a los que habían arrancado las alas o sacado los ojos.

Pero el mal radical, ese en el que piensa Rousseau, que desde su punto de vista

resulta desconocido a los animales y es patrimonio exclusivo de la humanidad, es de otra

naturaleza: parte del hecho de que no sólo «se hace el mal», sino que se convierte al mal

un proyecto, lo que no es en absoluto lo mismo. El gato produce un mal al ratón, pero

hasta donde nosotros podemos juzgarlo, este daño no es el objetivo de su tendencia

natural a cazar. Por el contrario, todo indica que el ser humano es capaz de organizarse

conscientemente para hacer el mayor mal posible a su prójimo. Esto es lo que, por otra

parte, la teología tradicional denominaba maldad, lo que de demoniaco hay en nosotros.

(…) A partir de esta idea de que no existe ningún tipo de naturaleza humana, de que la

existencia del hombre precede a su esencia, como diría Sartre, se puede plantear una

magnífica crítica al racismo o al sexismo.

¿Qué suponen el racismo o el sexismo, más allá de que todos somos clones unos de

otros? La idea de que existe una esencia propia de cada raza, de cada sexo, convierte a

los individuos en sus prisioneros. El racista afirma que el africano es infantil; el judío,

inteligente, o el árabe perezoso, y por la utilización del artículo «el» uno ya sabe que se

encuentra ante un racista, ante una persona convencida de que los individuos de un

mismo grupo comparten la misma «esencia». Algo similar ocurre con el sexista, que se

muestra muy dispuesto a aceptar que en la esencia de la mujer, en su naturaleza está ser

más sensible que inteligente, más tierna que valiente, eso por no mencionar que cree que

«están hechas» para tener hijos y quedarse en casa entre cacerolas.

Son exactamente este tipo de ideas las que Rousseau descalifica y cuyas raíces mina.

Como no existe la naturaleza humana, como ningún programa natural puede encerrar

totalmente a los hombres, los seres humanos, hombres y mujeres, son libres,

indefinidamente perfectibles y no están en modo alguno programados por

predeterminaciones ligadas a la raza o al sexo.