domingo, 12 de agosto de 2018

Ejercicios espirituales y filosofía antigua


"Ejercicios espirituales y filosofía antigua" es el título de unos de los libros más destacados de Pierre Hadot, un filósofo francés del siglo XX que se especializó en la filosofía antigua y en la faceta práctica de la filosofía. Influyó a filósofos como Michel Onfray y M. Foucault entre otros.  A continuación propongo un pequeño recorrido por el primer capítulo, "Ejercicios espirituales".


Ejercitar lo espiritual, o aprender a vivir.


¿A qué se refiere Hadot con ejercicios "espirituales"? Lo espiritual no tiene que ver con nada religioso. Algunas traducciones posibles podrían ser ejercicios “morales”, o "éticos". También podría haberlos llamado "ejercicios del pensamiento", o "intelectuales". Efectivamente son ejercicios que tienen que ver  con nuestra visión del mundo, pero va más allá de lo intelectual y compromete nuestra conducta, nuestra personalidad, nuestros hábitos, o, en pocas palabras, nuestro "modo de vivir". 

¿Y Por qué ejercicio? Porque “la filosofía no consiste meramente en la enseñanza de teorías abstractas, sino en un arte de vivir”. La filosofía debe servir para la vida, para transformarnos, para mejorarnos, para vivir mejor, más auténticamente, más plenamente.

Dice P.Hadot:
“Según los estoicos filosofar consiste, por lo tanto, en ejercitarse en “vivir”, es decir, en vivir consciente y libremente: conscientemente, pues son superados los límites de la individualidad para reconocerse parte de un cosmos animado por la razón; libremente, al renunciar a desear aquello que no depende de nosotros. (...)
Tanto para Epicuro como para los estoicos la filosofía consiste en una terapia: “nuestra única preocupación debe ser curarnos”. Pero ¿curarnos de qué? De la vida. Del dolor que provoca vivir. Por eso hay que "aprender a vivir"


La meditación y la memoria

Para ello los filósofos antiguos se "ejercitaban". En Filón de Alejandría[1] encontramos dos textos con listados de ejercicios espirituales. Entre esos ejercicios menciona la meditación (melete), la memoria (mneme), la lectura que cultiva y nutre el alma, el diálogo interior y la escritura.

Para los estoicos, por ejemplo, la meditación incluye representarse anticipadamente los problemas propios de la existencia: la pobreza, el sufrimiento, la muerte. Es una forma de anticiparse a las desgracias, de prepararse para la adversidad.

Por otro lado está la memoria de máximas; esto es, fórmulas o argumentos de carácter persuasivo a los que uno podía recurrir frente a cualquier suceso a fin de controlar sus impulsos de temor, cólera o tristeza. Deben ser principios fundamentales extremadamente sencillos y claros, formulables en pocas palabras para que sean fáciles de recordar y aplicables con la seguridad y la inmediatez de un movimiento reflejo:

 “No debes apartarte de tus principios cuando duermes, ni al despertar, ni cuando comes, bebes o conversas con otros hombres” (Epícteto)

Para los hedonistas el sufrimiento proviene de su temor ante las cosas que no debe temerse y de su deseo de cosas que no deben desearse. Por eso una de sus máximas son:
“Démosle gracias a la Naturaleza que ha hecho que las cosas necesarias resulten fáciles de obtener y que las cosas difíciles de alcanzar no resulten necesarias” (Epicuro)

En cuanto a la memoria y meditación encontramos una gran diferencia entre hedonistas y estoicos. Los hedonistas no recomiendan imaginar futuras desgracias y cosas desagradables, sino recordar cosas agradables, buenos momentos, y así lograr relajarse y tener una actitud serena y tranquila.

También recomiendan no preocuparse por el futuro ni hacerse expectativas, solo así es posible vivir más plenamente el presente. Por ello hace referencia esta máxima de Horacio:
“Solo nacemos una vez, pues dos veces no nos ha sido permitido; hay que hacerse la idea de que dejaremos de existir, y eso por toda la eternidad; pero tú, que no eres dueño del mañana, todavía confías al futuro tu alegría. De esta manera, entre tales esperas, la vida se consume en vano y acabamos muriendo abrumados por las preocupaciones”


Aprender a dialogar
Otro de los ejercicios espirituales es el diálogo, que puede ser interno como externo (es decir, con otros). Al respecto de este último dice Hadot: 

“Un diálogo consiste en un recorrido del pensamiento cuyo camino va trazándose en virtud del acuerdo constantemente mantenido”

El dialogo es un ejercicio espiritual puesto que no se trata de exponer ninguna doctrina sino de una práctica que se realiza con un otro y que puede llevar a una transformación conjunta. El dialogo también implica un acto de fe para con el otro: "Puesto que tengo fe en la verdad de la virtud he decidido buscarla contigo", dice Sócrates.

Sócrates es el gran maestro del diálogo.“Sócrates acosa a sus interlocutores con preguntas que les ponen en cuestión, que les obliga a prestarse atención a si mismos a cuidarse de si mismos:
“¡como! Querido amigo, eres ateniense, ciudadano de una ciudad más grande, más celebre que cualquier otra por su ciencia y pujanza, y no te avergüenzas de cuidarte solo de tu fortuna de acrecentarlo; lo máximo posible como tu reputación y tu honor; pero en lo que se refiere a tu pensamiento, tu verdad o tu alma, a mejorarlos, ¡No los cuidas en absoluto, no se te ha ocurrido siquiera!” (Platón, Apología de Sócrates).

La misión de Sócrates consistía en invitar a sus contemporáneos a examinar su conciencia.


Aprender a morir
 
Otra gran eseñanza que ha dejado Sócrates, y que han sabido tomar los estoicos, es aprender a morir. Dice Sócrates que aprender filosofía es aprender a morir. La muerte implica la separación del alma y el cuerpo: 

“Separar el alma lo más posible del cuerpo y acostumbrarla a concentrarse y a recogerse en si misma, retirándose de todas las partes del cuerpo y viviendo en lo posible tanto en el presente como después sola y en si misma, desligada del cuerpo como una atadura” (Platón, Fedón)

Ese es un ejercicio espiritual que recomienda Sócrates para prepararse para la muerte y para lo que él cree que viene luego.

Otro ejercicio espiritual, en este caso recomendado por los estoicos, es aprender a ver la vida desde un punto de vista universal, es decir, ver los acontecimientos humanos desde la totalidad del mundo y la naturaleza, desde la abstracción de la historia y el tiempo; así la vida humana, con sus avatares, sus dolores o sus goces, se verá pequeña. Nuestra vida es similar a la de esos insectos que nacen y mueren en el día. La naturaleza es un constante siclo de vida y muerte. Quien comprende esto no debe apegarse a la vida como si fuera eterna, sino que debe comprender y hasta desear que las cosas ocurran como deben ocurrir, dejar que el siclo se cumpla:
“Aquel espíritu al que corresponde la contemplación sublime de la totalidad del tiempo y de la realidad, ¿piensas que puede creer que la vida humana es gran cosa? (…) Semejante hombre no puede considerar, por lo tanto, que la muerte sea algo temible” (Platón, República. Citado por Marco Aurelio, en “Meditaciones”)

La tarea especulativa y contemplativa del filósofo se transforma en un ejercicio espiritual para la muerte, en la medida en que elevando su pensamiento a la perspectiva del todo se libera de las pequeñeces de la individualidad. 
En este sentido hacer filosofía es escapar del tiempo, eternizarnos.






[1] Filón el Judío (Alejandría, Egipto, 15 a. C. – 45 d. C.), fue uno de los filósofos más renombrados del judaísmo durante el período helenístico. El único dato de su biografía que puede fecharse con seguridad es su intervención en la embajada que los judíos alejandrinos enviaron al emperador romano Calígula para solicitar su protección contra los ataques de los griegos de la ciudad, y para rogarle que no reclamara ser honrado como un dios por los judíos.






sábado, 11 de agosto de 2018

El Amor en el cine y en la poesía


"Nos Hicieron Creer", John Lennon

Nos hicieron creer que el gran amor solo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años. 

No nos contaron que el amor no es accionado, ni llega en un momento determinado.
Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad.
No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece llevar a sus espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Nos hicieron pensar que una formula llamada “dos en uno”: dos personas pensando igual, actuando igual, era lo que funcionaba.

No nos contaron que eso tiene un nombre “anulación”. 
Que solo siendo individuos con personalidad propia, podremos tener una relación saludable.

Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fueran de termino y deben ser reprimidos.

Nos hicieron creer que los guapos y flacos son mas amados.
Nos hicieron creer que solo hay una formula para ser feliz, la misma para todos, y los que se escapan de ella están condenados a la marginalidad. 
No nos dijeron que estas formulas son equivocadas, frustran a las personas, son alineantes y que podemos intentar otras alternativas.

Cada uno lo va a tener que descubrir solo. Y ahí, cuando estés muy enamorado de ti, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.

Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor….aunque la violencia se practica a plena luz del dÍa.




El amor Romántico. Diana Maffía



Jim Morrison


"La mayoría de la gente te quiere por lo que tú 'pretendes ser'. Para mantener su amor, sigues fingiendo, actuando. Luego, llegas a amar a tu pretensión. Es cierto, estamos encerrados en una imagen, un acto -Y lo triste es que las personas se acostumbran tanto a su imagen, crecen atados a sus máscaras. Aman sus cadenas. Se olvidan de todo lo que realmente son. Y si tratas de recordarles eso, te odian por ello, sienten que estás tratando de robar su más preciada posesión. " 


"No podemos amar".
 Fernando Pessoa, El libro del desasosiego

Nosotros no podemos amar, hijo. El amor es la más carnal de las ilusiones. Amar es poseer, escucha. ¿Y qué posee quien ama? ¿El cuerpo? Para poseerlo seria necesario hacer nuestra su materia, comerlo, incluirlo en nosotros... Y esa imposibilidad sería temporal, porque nuestro propio cuerpo pasa y se transforma, porque nosotros no poseemos otro cuerpo (poseemos tan sólo la sensación de él), y porque, una vez poseído ese cuerpo amado, se volvería nuestro, dejaría de ser otro, y el amor, por eso, con la desaparición del otro-ente, desaparecería.
¿Poseemos el alma? -Óyeme en silencio-. No la poseemos nosotros. Ni siquiera nuestra alma es nuestra. ¿Cómo, por lo demás, poseer un alma? Entre alma y alma existe el abismo de ser almas.
¿Qué poseemos? ¿Qué poseemos? ¿Qué nos lleva a amar? ¿La belleza? ¿Y la poseemos amando? La más feroz y dominadora posesión de un cuerpo, ¿qué posee de él? Ni el cuerpo, ni el alma, ni siquiera la belleza. La posesión de un cuerpo lindo no abraza a la belleza, abraza a la carne celulada y grasienta; el beso no toca la belleza de la boca, sino la carne húmeda de los labios perecederos con /mucosas/; la propia cópula es sólo un contacto, un contacto restregado y cercano, pero no una penetración real siquiera de un cuerpo por otro cuerpo... ¿Qué poseemos nosotros? ¿Qué poseemos?
¿Nuestras sensaciones, al menos? ¿Al menos el amor es un medio de poseernos, a nosotros, en nuestras sensaciones? ¿Es, al menos, un modo de soñar nítidamente, y más gloriosamente por lo tanto, el sueño de existir? Y, al menos, desaparecida la sensación, queda el recuerdo de ella siempre con nosotros y, así, poseemos realmente...
Desengañémonos hasta de eso. Ni nuestras sensaciones poseemos. No hables. La memoria, al final, es la sensación del pasado... Y toda sensación es una ilusión...
-Escúchame, escúchame siempre. -Escúchame y no mires por la ventana abierta la llana otra margen del río, ni el crepúsculo (...), ni este silbido de un tren que corta la vaga lejanía (...) -Escúchame en silencio...
Nosotros no poseemos nuestras sensaciones... Nosotros no nos poseemos en ellas.
(Urna inclinada, el crepúsculo vierte sobre nosotros un óleo de (...) donde las horas, pétalos de rosas, flotan espaciadamente.)



El amor según Dario Stajnszrajber






¿Cómo amar sin poseer? 
Fragmento de "El Lado Oscuro Del Corazón" de Eliseo Subiela






"Tu eres lo que amas"
Escena de "El ladrón de orquídeas" de Spike Jonze




Ralph Fiennes, El lector (The reader)



"No tengo miedo, no le tengo miedo a nada. Por qué debería hacerlo? Le doy la bienvenida a los obstáculos, porque son como montañas que puedo sobrevolarlas para estar entre tus brazos. Cuanto más sufro, más amo. El peligro solo aumentará mi amor, lo hará más profundo y le dará sabor. Seré el único ángel que necesites, de mis brazos irás danzando por la vida. Dejarás la vida aún más hermosa de cuando la comenzaste. El cielo te tomará nuevamente, te mirará y te dirá: sólo una cosa puede completar el alma, y esa cosa es el amor". 



"Her" de Spike Jonze

Lo humano, el amor, la soledad, son algunos de los temas sobre los que reflexiona la película, sin dejarnos respuestas, sino más bien abriendo un abanico de preguntas.  



Antes del amanecer

Escena de la película "Antes del amanecer" (Before sunrise) de Richard Linklater.




Los laberintos del amor, Sergio Rodriguez.

El amor: entre lo imposible y lo contingente El amor es imposible. Sólo se accede a él, contingentemente. Y es imposible, justamente porque se establece sobre la base del desencuentro, aunque sus protagonistas crean que es sobre la base del encuentro. Hay una frase de Lacan, que nos resultó compleja a todos los lacanianos y mucho más a los inexpertos en sus dichos: “El amor es dar lo que no se tiene a aquel que no lo es”. Me parece que es la frase que expresa mejor y más radicalmente el desencuentro ya que instala al amor como un efecto del encuentro con lo real, o sea con lo que en el otro y en sí mismo no cesa de no inscribirse. Lo real de nuestras carencias nos lleva a lo sintomático de nuestros amores El flechazo de Cupido nos conmueve, porque imaginamos o creemos detectar en la otra persona aquello que a nosotros nos falta, por eso nos apresuramos a tomarlo. Como al otro suele ocurrirle lo mismo, nos encontramos con que también se nos acerca buscando lo que cree que tenemos, ofreciéndonos lo que a él o a ella le falta. Aunque quede encubierto por la apariencia de las mejores galas. Del encuentro entre ambas carencias, surgen los primeros malentendidos. De como éstos sean piloteados por la pareja dependerá que entre ellos se estabilice o no el amor.


Con solo mirarme, E.E. Cummings


Con solo mirarme, me liberas Aunque yo me haya cerrado como un puño, siempre abres, pétalo tras pétalo mi ser, como la primavera abre con un toque diestro y misterioso su primera rosa. Ignoro tu destreza para cerrar y abrir pero, cierto es que, algo me dice que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas... Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas. 


Los amorosos, Jaime Sabines


Los amorosos callan. 
El amor es el silencio más fino, 
el más tembloroso, el más insoportable. 
Los amorosos buscan, 
los amorosos son los que abandonan, 
son los que cambian, los que olvidan. 

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, 
no encuentran, buscan. 
Los amorosos andan como locos 
porque están solos, solos, solos, 
entregándose, dándose a cada rato, 
llorando porque no salvan al amor. 

Les preocupa el amor. Los amorosos 
viven al día, no pueden hacer más, no saben. 
Siempre se están yendo, 
siempre, hacia alguna parte. 
Esperan, 
no esperan nada, pero esperan. 

Saben que nunca han de encontrar. 
El amor es la prórroga perpetua, 
siempre el paso siguiente, el otro, el otro. 
Los amorosos son los insaciables, 
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos. 
Los amorosos son la hidra del cuento. 

Tienen serpientes en lugar de brazos. 
Las venas del cuello se les hinchan 
también como serpientes para asfixiarlos. 
Los amorosos no pueden dormir 
porque si se duermen se los comen los gusanos. 
En la oscuridad abren los ojos 
y les cae en ellos el espanto. 
Encuentran alacranes bajo la sábana 
y su cama flota como sobre un lago. 

Los amorosos son locos, sólo locos, 
sin Dios y sin diablo. 
Los amorosos salen de sus cuevas 
temblorosos, hambrientos, 
a cazar fantasmas. 
Se ríen de las gentes que lo saben todo, 
de las que aman a perpetuidad, verídicamente, 
de las que creen en el amor 
como una lámpara de inagotable aceite. 

Los amorosos juegan a coger el agua, 
a tatuar el humo, a no irse. 
Juegan el largo, el triste juego del amor. 
Nadie ha de resignarse. 
Dicen que nadie ha de resignarse. 
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. 
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, 
la muerte les fermenta detrás de los ojos, 
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada 
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. 

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, 
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, 
complacidas, 
a arroyos de agua tierna y a cocinas. 
Los amorosos se ponen a cantar entre labios 
una canción no aprendida, 
y se van llorando, llorando, 
la hermosa vida.





Fito Paez - Tendré Que Volver a Amar





jueves, 19 de julio de 2018

Camus, Lo absurdo y el suicidio


Por alguna razón el ser humano tiene la tendencia de buscar razones. Somos buscadores y dadores de sentidos. Pero, nuestra vida, ¿qué sentido posee?

Camus, un existencialista ateo, francés, del siglo XX, se abstuvo de buscar un sentido metafísico o religioso de la existencia. También advirtió que la ciencia poco puede ayudarnos en este asunto. En "El mito de Sísifo" al contrario de ofrecernos razones para vivir, nos revela el absurdo de nuestra existencia, y cómo a pesar del mismo, vivimos.  

A continuación el comienzo de este maravilloso ensayo:

El mito de Sísifo

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu.

Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena de vivirla. Veo a otras que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido de la vida es la pregunta más apremiante. ¿Cómo contestarla? (…)

Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento.

¿Cuál es, pues, ese sentimiento incalculable que priva al espíritu del sueño necesario para una vida? Un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin recurso, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo. (…)

Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un día surge el "por qué" y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. (…)

Asimismo, y durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva. Pero siempre llega un momento en que hay que llevarlo. Vivimos del porvenir: "mañana", "más tarde", "cuando tengas una posición", "con los años comprenderás . Estas inconsecuencias son admirables, pues, al fin y al cabo, se trata de morir. (…)"



martes, 17 de julio de 2018

Spinoza: sobre la felicidad y la tristeza.


Según Spinoza existen tres afectos primarios: el deseo, el gozo (o felicidad) y la tristeza. Sobre el deseo dice: 
"Deseo es Apetito con conciencia de sí mismo"
Es decir, cuando deseamos sentimos un apetito, al igual que los animales, pero a diferencia de ellos somos conscientes de este apetito. 

El gozo, o la felicidad, es un afecto que acrecienta nuestra potencia y es el verdadero bien

"Entiendo por bien todo tipo de gozo y lo que nos lleva a él"
 La tristeza, por el contrario disminuye nuestra potencia. 
"Cuando el hombre siente Tristeza disminuye su potencia de obrar"
Y por lo tanto la tristeza es el mal:
"El mal será entonces, toda forma de Tristeza, básicamente la que frustra la Esperanza"

Para Spinoza hay deseos buenos y deseos malos, según provengan y nos conduzcan a la felicidad o provengan y nos conduzcan a la tristeza. Por eso hay que "manejar" o "controlar" los deseos, lo mismo que las pasiones:
"Cuando el hombre no puede manejar o reducir sus pasiones es impotente y vive una servidumbre."

La felicidad es un afecto que puede provenir de nosotros mismos, pero la tristeza siempre viene de nuestro entorno. Ningún ser querría disminuir su potencia ni autodestruirse. 


Por eso, ante el sentimiento de tristeza Spinoza recomienda, por un lado concentrarse en lo que "podemos" y no en lo que "no podemos". La tristeza se retroalimenta a medida que nuestra sensación de poder disminuye. Por otro lado, si la tristeza proviene de nuestro entorno, entonces tenemos que cambiar de entorno y buscar contactos que nos afecten de modo positivo, que nos alegren. 


Una pasión solo puede ser frenada por otra pasión:

"Una pasión no puede limitarse o destruirse a no ser que actúe una de signo contrario y más poderosa que ella"
Por ejemplo, la única manera de terminar con el odio es el amor. El odio genera más odio. El amor en cambio, mata al odio:
"El odio crece si es recíproco, y muere si aparece el amor"
Además, dice Spinoza que el odio es una pasión que surge de y conduce a la tristeza:
"El odio es una tristeza acompañada por una causa externa"
Sentir odio no nos hace bien ni produce ningún bien, por lo tanto es una pasión que debemos evitar. ¿Cómo? Con la pasión contraria: el amor.




domingo, 15 de julio de 2018

¿Qué es el Bien? Síntesis de concepciones filosóficas

En primer lugar podemos entender al bien como sustantivo o como adjetivo (lo bueno). Generalmente el bien y lo bueno son conceptos relacionados y dependientes uno del otro. Lo bueno es aquello que participa del bien, o el bien es entendido como algo "bueno".

Si decimos, por ejemplo, "X es bueno", ya sea una cosa o una persona, podemos traducirlo como: es aceptable, es deseable, es útil, es perfecto (en su función). Por lo tanto una primera definición del bien, o lo bueno puede ser cualquiera de estas acepciones.

Pero si hacemos un recorrido por la historia de la filosofía podemos entender el bien de tres maneras distintas:

1) Al modo metafísico: como un ente real.
2) Al modo físico: como una propiedad de alguna cosa.
3) Al modo ético o moral: como un valor.

1) El bien como algo existente

Una de las formas más tradicionales de entender el bien, dentro de la historia de la filosofía es la definida por Platón y continuada por la gran mayoría de los filósofos medievales, cristianos y neoplatónicos. Según Platón el bien es una idea, esto es, un ente real y trascendente. Pero no cualquier idea, sino la idea superior, la más perfecta de todas, representada por el sol en la famosa alegoría de la caverna. El bien vendría a ser lo que ilumina las cosas. Las cosas son buenas en la medida en que participan de la idea de bien, en la medida en que son iluminadas. Cuanto menos participen del bien más cerca de las sombras, esto es, el mal. El mal es entendido entonces como falta de bien.


En la concepción cristiana la cosa es muy parecida, el bien solo es comparable a Dios, un ser perfecto y trascendente. Las cosas (las acciones, los hombres) pueden ser buenas en la medida en que son iluminados por Dios, pero jamás serán tan buenas, tan perfectas como Dios. Y en la medida en que se alejan de Él se acercan al mal. EN ambas concepciones el bien es una especie de perfección, y el mal una carencia, o imperfección.

2 A) El Bien como propiedad (objetiva)

Dentro de esta línea se encuentra Aristóteles, quien distingue el bien "en sí" del bien "relativamente para otra cosa". La salud sería algo bueno en sí mismo. Que te amputen una pierna podría ser bueno en determinada circunstancia, por ejemplo en el caso de que la pierna esté infectada. Esta amputación podría hacer que el cuerpo recupere la salud.

Para Aristóteles, a diferencia de Platón no existe un bien absoluto, cada cosa puede tener su bien. Pero al igual que la concepción anterior el bien de una cosa podría ser traducido como una especie de perfección. El bien del cuerpo, por ejemplo, puede ser la salud.

2 B) El Bien como propiedad (subjetiva)

Spinoza piensa al bien como algo que apetecemos, pero que de ningún modo puede ser objetivo, o "en sí", sino  subjetivo. En realidad Spinoza entiende que solo existe "lo bueno" y esto no es otra cosa que lo que conserva o aumenta mi potencia y promueve mi felicidad. Según Spinoza no deseamos algo porque lo consideramos" bueno", sino que lo consideramos "bueno" porque lo deseamos. Lo bueno, por lo tanto, no es una propiedad de las cosas sino del efecto  (o afecto) que produzcan en nosotros. Por eso también se dice que lo bueno no es trascendente (algo que está fuera de nosotros, que nos trasciende), sino algo que depende solo de nosotros (inmanente, interno a nosotros mismos)


2 C) El bien como propiedad (colectiva)

Dentro de esta línea "física" o "antimetafísica" podríamos incluir a Stuart Mill, para quien tampoco existe el bien ni algo bueno en sí mismo. Algo es considerado "bueno" en la medida en que promueva la felicidad "del mayor número de personas". Es decir, se define lo bueno por sus consecuencias. Estas consecuencias tienen que ser la felicidad, pero no individual, sino grupal; de la mayoría. Podríamos definir "lo bueno" por lo tanto como "el bien común". Si a la mayoría le produce felicidad o bienestar determinada cosa, eso es bueno. Claro que lo bueno para una mayoría puede ser malo para una minoría, pero dado que no hay nada bueno en sí mismo, el único modo para salir de un relativismo es apostar a un comunitarismo.


3) El bien como valor (universal) 

Kant critica toda concepción del bien entendida como propiedad o como cosa. Para Kant lo único bueno es "la buena voluntad". Más importante que las consecuencias son los principios por los que se realiza una acción. Si una acción  tiene en miras las consecuencias (la felicidad, el bien común, obtener un premio -como el paraíso- o evitar un castigo -como el del infierno-) no tiene valor ético. Solo tiene deben ser consideradas "buenas" las acciones hechas por deber. El bien supremo para Kant no es algo que se pueda obtener, sino "actuar bien", esto es "por deber" , actuar de acuerdo a un principio que yo pueda querer que sea universal. De ahí su crítica a las éticas "materiales" o "finalistas".


3B) El bien como valor (perspectivista)

En su libro La genealogía de la moral Nietzsche muestra como los conceptos de bueno y malvado fueron cambiando con el tiempo. En sus orígenes fue la moral aristocrática guerrera quien determinó qué era lo bueno y lo malvado, se llamaron "buenos" a sí mismos. Bueno era sinónimo de noble, distinguido. Eran "buenos" los fuertes, aquellos capaces de mandar, generalmente caprichosos, egoístas y olvidadizos. Por el contrario lo malvado era lo vulgar, lo plebeyo, lo bajo, lo simple.

Pero a partir de la "rebelión de los esclavos", la revolución llevada a cabo por el pueblo judío, triunfó una moral sacerdotal, la cual invirtió los valores y llamó buenos a los débiles de espíritu, a los no egoístas, los inofensivos, a los sufridos. Así comenzó a valorarse el desinterés, la piedad, la igualdad, el bien común, etc.

Según Nietzsche esta manera de valorar es fruto del resentimiento, porque mientras toda moral noble brota de un triunfante decir "si", la moral de esclavos crea valores a partir de un decir "no", que tiene la intención de impedir que otros hagan lo que ellos mismos no pueden. La moral sacerdotal tiene la virtud de esconder su venganza, su resentimiento y convertir sus bajezas en virtudes: la sumisión por obediencia, la cobardía en paciencia, el no poder vengarse en perdón.



lunes, 25 de junio de 2018

Irvin D. Yalom Un año con Schopenhauer



CAPÍTULO 34
Resultado de imagen para un año con schopenhauer
"De vez en cuando, el grupo presionaba a Philip para que explicara con más detalle cómo lo había ayudado tanto Schopenhauer allí donde la psicoterapia de Julius había fracasado rotundamente. Como le costaba mucho responder a preguntas sobre Schopenhauer sin explicar el necesario marco filosófico, una vez le pidió permiso al grupo para disertar media hora sobre el tema. El grupo refunfuñó, y Julius lo instó a presentar el material pertinente de manera más amena y sucinta.

A la siguiente sesión, Philip comenzó a dar una breve disertación que, según prometió, respondería de manera breve la pregunta sobre cómo lo había ayudado
Schopenhauer.
 Si bien tenía notas en la mano, habló sin mirarlas. Con la mirada fija en el techo,
comenzó:
-Imposible explicar a Schopenhauer sin empezar por Kant, el filósofo a quien, además de Platón, respetaba más que a ningún otro. Kant, que murió en 1804 cuando Schopenhauer tenía dieciséis años, revolucionó la filosofía con su idea de
que nos es imposible experimentar la realidad en ningún sentido verdadero
porque todas nuestras percepciones, los datos que obtenemos por medio de los
sentidos, son filtrados y procesados por nuestro aparato neuroanatómico. Todos
los datos resultan conceptualizados a través de construcciones arbitrarias, como el
espacio, el tiempo y...

-Vamos, Philip, sin tantas vueltas -lo interrumpió Tony-, ¿cómo te ayudó ese tipo?

-Un momento, ya voy a llegar. Estuve hablando tres minutos. Esto no es un
programa de noticias: no puedo explicar las conclusiones de uno de los más
grandes pensadores del mundo en dos palabras.

-¡Bien dicho, Philip! Me gustó la respuesta -dijo Roberta. Tony sonrió y se llamó a
silencio.

-Entonces, como decía, Kant descubrió que, en lugar de experimentar el mundo
exterior tal como es en realidad, lo que experimentamos es nuestra propia versión
procesada de esa realidad exterior. Las propiedades como el espacio, el tiempo, la
cantidad y la causalidad están dentro de nosotros, no afuera: se las imponemos a
la realidad. Pero, entonces, ¿cuál es la realidad pura y sin procesar? ¿Qué es lo que
realmente hay ahí afuera? ¿Qué es esa entidad en crudo, antes de que la
procesemos? Según Kant, eso siempre será incognoscible para nosotros.

-Schopenhauer... de qué te sirvió... ¿Recuerdas? ¿Falta mucho? -preguntó Tony.

-Toda la información dentro de noventa segundos. En su obra posterior, Kant
volcó su atención a la forma en que procesamos esa realidad primordial.
"Pero Schopenhauer, ¡miren, ya llegamos!, tomó otro camino. Según su
razonamiento, Kant había pasado por alto un tipo de dato fundamental e
inmediato acerca de nosotros: nuestro cuerpo y nuestros sentimientos. Decía que
sí podemos conocernos a nosotros mismos desde adentro. Tenemos un
conocimiento directo, inmediato, que no depende de nuestras percepciones. Por lo
tanto, fue el primer filósofo que observó los impulsos y sentimientos desde
adentro, y dedicó el resto de su carrera a escribir prolíficamente sobre las
cuestiones internas del ser humano: el sexo, el amor, la muerte, el sufrimiento, la
religión, el suicidio, las relaciones con los demás, la vanidad, la autoestima.
Abordó, más que ningún otro filósofo, esos impulsos oscuros que habitan en lo
profundo de nosotros y que nos resulta intolerable conocer, y por ende debemos
reprimir.

-Suena un poco freudiano -dijo Bonnie.

-A la inversa: mejor es decir que Freud es schopenhaueriano. Gran parte de la
psicología freudiana se puede encontrar en el pensamiento de Schopenhauer.
Aunque Freud nunca reconoció explícitamente su influencia, no cabe duda de que
conocía bien los escritos de Schopenhauer. En Viena, en la época en que Freud
estudiaba, entre 1860 y 1870, el nombre de Schopenhauer estaba en boca de todos.
Creo que sin Schopenhauer, jamás habría existido Freud... y, para el caso, tampoco
Nietzsche. De hecho, la influencia que Schopenhauer ejerció sobre Freud, sobre
todo en lo tocante a la teoría de los sueños, el inconsciente y el mecanismo de la
represión, fue el tema de mi tesis doctoral.

"Schopenhauer -continuó Philip, echando una rápida mirada a Tony y
apresurándose para evitar una interrupción- normalizó mi sexualidad; me hizo
ver la omnipresencia del sexo; cómo, en los niveles más profundos, era el motor
central de todo acto, permeaba todas las relaciones humanas y llegaba a influir
incluso en cuestiones de Estado. Creo que recité algunas de sus palabras sobre este
tema hace unos meses.

-Nada más que para confirmar lo que dices -intervino Tony-, el otro día leí en el
diario que la pornografía recauda más dinero que la industria de la música y la del
cine juntas. Una cantidad enorme.
-Philip -dijo Roberta-, puedo llegar a deducirlo, pero todavía no te escuché decir
exactamente cómo te ayudó Schopenhauer a superar tu compulsión o tú...
adicción. ¿Te parece bien que use esa palabra?

-Tendría que pensarlo; no sé si es el término más adecuado.

-¿Por qué no? A mí, lo que describiste me pareció una adicción -preguntó Roberta.

-Bueno, volviendo a lo que decía Tony, ¿vieron las cifras de hombres que miran
pornografía en Internet?

-¿Tú miras pornografía en Internet? -le preguntó Roberta.

-No, pero podría haberlo hecho en el pasado, igual que la mayoría de los hombres.

-Es cierto -dijo Tony-. Yo confieso que miro dos o tres veces por semana. La
verdad, no conozco a nadie que no lo haga.

-Yo también -dijo Gill-. Ésa es otra de las cosas que le molestan a Rose.
Todas las miradas se dirigieron a Stuart.

-Bueno, sí, mea culpa. Digamos que me he permitido mirar algo una que otra vez.

-A eso voy -dijo Philip-. ¿Así que todos son adictos?             

-Ah, ya te entiendo -dijo Roberta-. Y la pornografía no es lo único: también está la
epidemia de demandas por acoso sexual. En mi estudio defendí unas cuantas. El
otro día leí un artículo sobre el decano de una importante facultad de derecho que
tuvo que renunciar por una denuncia de acoso sexual. Y desde luego el caso
Clinton, y la forma en que han hecho acallar su potente voz. Y después, miren
cuántos de los fiscales que acusaban a Clinton hacían lo mismo que él.

-Todo el mundo tiene una vida sexual turbia -dijo Tony-; a lo mejor es
simplemente que los hombres son como son, nada más. Mírenme a mí y el tiempo
que pasé en la cárcel porque me puse demasiado insistente con Susie para que me
la chupara. Conozco como a cien tipos que hicieron cosas peores y no les pasó
nada. Por ejemplo, Schwarzenegger.

-Tony, no te estás granjeando la amistad del sexo femenino, o al menos la mía -dijo
Roberta-. Pero no quiero irme por las ramas. Continúa, Philip, que todavía no
llegaste a lo más importante.

-Primero y principal-prosiguió Philip sin vacilar-, en lugar de lamentarse por la
conducta depravada del sexo masculino, Schopenhauer entendió hace dos siglos la
realidad subyacente: el impresionante poder del impulso sexual. Es la más
fundamental de las fuerzas que operan en nuestro interior: el deseo de vivir, de
reproducirse, y es imposible aplacarla. No se la puede acallar con la razón. Se
desliza sigilosamente en todo. Miren, si no, el escándalo del sacerdote católico,
cualquier instancia del empeño humano, cada profesión, cada cultura, cada grupo
etario. Este punto de vista me pareció sumamente importante cuando me encontré
por primera vez con la obra de Schopenhauer: tenía ante mí a una de las mentes
más lúcidas de la historia y, por primera vez en la vida, me sentía totalmente
comprendido.

-¿Y? -preguntó Pam, que había permanecido en silencio durante la conversación.

-¿Y qué? -reaccionó Philip visiblemente nervioso, como siempre que le hablaba
Pam.

-¿Y qué pasó? ¿Nada más? ¿Con eso bastó? ¿Te recuperaste porque te sentiste
comprendido por Schopenhauer?

Philip pareció no percatarse de la ironía, y respondió en tono calmo y sincero:

-Pasó mucho más. Schopenhauer me hizo descubrir que estamos condenados a
girar perpetuamente en la rueda de la voluntad: deseamos algo, lo conseguimos y
disfrutamos de un breve instante de satisfacción, que pronto se diluye en el tedio,
el cual, invariablemente, se ve seguido del próximo "quiero". Es inútil intentar
escapar apaciguando el deseo; hay que bajarse de la rueda y abandonarla por
completo. Es lo que hizo Schopenhauer y lo que hice yo también.

-¿Bajarse de la rueda? ¿Y eso qué significa? -insistió Pam.

-Significa escapar totalmente del deseo, aceptar plenamente que nuestra
naturaleza más íntima es un ansia imposible de aplacar, que estamos programados
desde un principio para sufrir, y condenados por nuestra propia naturaleza.
Significa que primero debemos comprender la nada esencial de este mundo de
ilusión, y luego tratar de buscar la forma de negar la voluntad. Nuestra meta debe
ser, como lo ha sido la de todos los grandes artistas, habitar en el mundo puro de
las ideas platónicas. Algunos lo hacen a través del arte; otros, mediante el
ascetismo religioso. Schopenhauer lo hizo evitando el mundo del deseo,
comulgando con las grandes mentes de la historia, y mediante la contemplación
estética: tocaba la flauta una o dos horas todas las mañanas. Significa que uno
debe convertirse, no sólo en actor sino también en observador, reconocer la fuerza
de vida que existe en toda la naturaleza, que se manifiesta en la existencia
individual de cada persona y que, finalmente, recuperará esa fuerza cuando el
individuo ya no exista como entidad física.

"Yo imité su ejemplo al pie de la letra. Mis principales relaciones son las que
mantengo con los grandes pensadores que leo a diario. Evito atiborrar mi mente
con la cotidianeidad, y todos los días practico la contemplación jugando al ajedrez
o escuchando música; a diferencia de Schopenhauer, no sé tocar ningún
instrumento.                 

Julius estaba fascinado con el diálogo. ¿Acaso Philip no notaba el rencor de Pam ni
le tenía miedo a su ira? ¿Y qué decir de la forma en que había superado su
adicción? A veces, Julius se maravillaba de ella; más a menudo la consideraba
ridícula. Y oírlo comentar que leyendo a Schopenhauer se había sentido
comprendido por primera vez, había sido como una cachetada en plena cara. "¿Y
yo?" pensó Julius, "¿No importo un bledo? Trabajé tres años como un condenado
para tratar de comprenderlo y crear un lazo de empatía con él". Pero Julius se
quedó callado: poco a poco, Philip estaba cambiando. A veces, es preferible callar
algunas cosas y volver sobre ellas después."


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