sábado, 9 de mayo de 2015

¿Quién fue Sócrates?


"Solo que no nada"


470-0399 a.C.


Nunca escribió, y sin embargo fue considerado por muchos como "el padre de la filosofía". Su legado llega hasta nosotros gracias los escritos de Platón, que reprodujo muchas de sus enseñanzas en sus famosos "diálogos". 

Fue el primero en considerarse "filósofo" (amante de la sabiduría) justamente para diferenciarse de los antiguos sabios que pretendían poder explicar los orígenes del universo. A diferencia de estos manifestó su ignorancia respecto a todas los misterios de la naturaleza. Solo le interesaba los problemas del hombre: el amor, la justicia, el alma, la virtud, la felicidad. 

También se enfrentó a los sofistas, “los maestros del discurso”, debido a su relativismo y su desinterés por la verdad. Sócrates confiaba en que se podía llegar a la verdad dialogando con los otros, examinándose a sí mismo y purgándose de los prejuicios. Es por eso que se lo podía ver en la plaza pública, en el mercado o  los gimnasios, rodeado de discípulos que lo amaban y gente que se acercaba para escucharle. Era un espectáculo verlo discutir. 

Decía no saber nada, y que esa era la razón por la que andaba siempre cuestionándolo todo, que su intención era aprender. Con esta excusa indagaba el saber de los hombres dejando al descubierto su ignorancia, mostrándole sus inconsistencias y contradicciones con humor e ironía. Era capaz  de dejar en ridículo a los más sabios. 

Cuenta la historia que un amigo fue a consultar el Oráculo de Delfos para saber si era Sócrates "el hombre más sabio de toda Grecia" y este contestó afirmativamente. Sócrates recibió la noticia con humildad y picardía. Interpretó que el oráculo valoraba el reconocimiento de su ignorancia y que le imponía una misión: “picar” a los ciudadanos como un tábano, para que estuvieran despiertos y se ocuparan por el cuidado de su alma, ya  que como bien decía: “una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”. 

Su labor filosófica le costó la vida. Fue acusado por la aristocracia ateniense de pervertir a la juventud y desconfiar de los dioses. Se defendió admirablemente en un juicio que Platón relató en su “Apología de Sócrates”. Sin embargo, por un pequeño margen los jueces lo encontraron culpable y lo condenaron a beber la cicuta.

Afrontó la muerte con una envidiable tranquilidad. Luego de haber convencido a sus discípulos de que la muerte no era más que la separación del cuerpo del alma, y que esta era inmortal, bebió el veneno y se recostó serenamente. 


Sócrates y Atenas



[1] El Partenón era uno de los principales templos griegos, ubicado en lo más alto de la Acrópolis y dedicado a la diosa griega Atenea

"Imaginemos que estamos a fines del siglo V antes de Cristo y que caminamos por las calles de Atenas. Es una gran ciudad para la época (probablemente unos cien mil habitantes) y eso se nota a cada paso: el mercado desborda de gente, numerosos ciudadanos entran y salen de los edificios públicos, el camino hacia el puerto hormiguea de comerciantes, de carretas cargadas de mercancía y de esclavos que transportan fardos. So levantamos los ojos hacia la acrópolis vemos el Partenón, terminado de construir pocos años antes y (contra lo que muchos creen) pintado de colores estridentes.

De pronto, en una esquina, un pequeño grupo de hombres forma un semicírculo en toro a un personaje estrafalario. El qué habla es bajo de estatura, tiene un vientre movedizo y una nariz chata que estalla entre dos ojos demasiado separados. Va descalzo, tiene los pies sucios y una túnica en mal estado. En una palabra, es todo lo contrario de esos griegos apolíneos que nos muestran las estatuas.

Ese hombre gesticula, mueve los brazos, señala impertinentemente con los dedos. Sus interlocutores pasan de la risa a la confusión, del interés a la furia, pero en ningún momento dejan de escucharlo. La mayoría de ellos son jóvenes bien vestidos y de físicos cuidados. Cualquier ateniense los reconocería como hijos de ciudadanos ricos. Y cualquier ateniense diría ante ese cuadro:“ahí está Sócrates insistiendo con sus molestas preguntas."

Pablo da Silveira; Historia de Filósofos







Sócrates Vs. los sofistas 



Jenofonte fue otro de los discípulos de Sócrates que, como Platón, escribió algunas de las enseñanzas de su maestro. Uno de sus libros se titula "Recuerdos de Sócrates". No es un diálogo como los que escribía Platón, sino un conjunto de anécdotas que ilustran claramente el carácter y las ideas de su maestro. A continuación dos de estas anécdotas que tienen a los sofistas como protagonistas.


"El caso es que, un día, queriendo Antifonte quitarle sus discípulos, se acercó a Sócrates y en presencia de aquéllos le dijo:


-Sócrates, yo creía que los que se dedican a la filosofía llegan a ser más felices, pero lo que me parece es que tú has conseguido de la filosofía el fruto contrario. Al menos estás viviendo de una manera que ni un esclavo le aguantaría a su amo un régimen como ése: comes los manjares y bebes las bebidas más pobres, y la ropa que llevas no sólo es miserable sino que te sirve lo mismo para invierno que para el verano, no llevas calzado ni usas túnica. Encima, no aceptas dinero, que da alegría al recibirlo y cuya posesión permite vivir con más libertad y más agradablemente…

Sócrates respondió a ello:
-Me parece, Antifonte, que opinas que la felicidad es molicie y derroche (…) En cambio, yo creo que no necesitar nada es algo divino, y necesitar lo menos posible es estar cerquísima de la divinidad; como la divinidad es la perfección, lo que está más cerca de la divinidad está también más cerca de la perfección.

Otro día Antifonte el sofista le dijo:

-Oh Sócrates, yo te considero una persona justa, pero de ninguna manera sabia, y me parece que tú mismo así lo reconoces al no cobrar retribución por tu compañía (…) Por ello, es evidente que si creyeras que tu compañía vale algo, no cobrarías por ella menos dinero del que vale. Por ello, es posible que seas justo, ya que no engañas a nadie por codicia, pero no puedes ser sabio, pues no sabes nada que valga algo.

Sócrates respondió a esto:
- Antifonte, nosotros creemos que tanto la belleza como la sabiduría pueden emplearse tanto de manera honesta como deshonesta. Si una mujer vende por dinero su belleza a quien se la pide, se la llama prostituta. Con la sabiduría ocurre lo mismo: los que la venden por dinero a quien la desea se llaman sofistas."


Jenofonte; Recuerdos de Sócrates

viernes, 8 de mayo de 2015

¿Existe la verdad o todo es relativo?



Uno de los primeros problemas filosóficos ha sido aquel que plantearon en el siglo V a.C. los Relativistas. Este grupo de pensadores afirmaba la inexistencia de una verdad absoluta, universal, objetiva. "Todo es relativo" era la fórmula que expresa su máxima sabiduría, negando así todo tipo de conocimiento. Según los relativistas solo existen distintos puntos de vista, miradas parciales de las cosas según el modo de ver y pensar de cada persona, pero jamás se podría llegar a una mirada total u objetiva.

Uno de los filósofos relativistas más conocidos fue Protágoras (siglo V a.C.), su sabiduría puede resumirse en la famosa frase "el hombre es la medida de todas las cosas". Con este principio se elimina toda validez: una cosa será verdadera, justa, bella, de acuerdo al parecer de cada uno. Uno de los pocos fragmentos de Protágoras que se conservan dice:

"Yo afirmo que la verdad es como he escrito: que cada uno de nosotros es la medida de lo que es y de lo que no es. Y que la diferencia de uno a otro es infinita, ya que a uno se manifiestan y son unas cosas, y otro, otras diferentes (...) Recordad lo que se decía anteriormente, que al enfermo le parece amargo y, por lo tanto, lo es, todo lo que come, mientras que para el hombre sano es y parece lo contrario. Y no se debe, ni sería posible, considerar a ninguno de los dos más sabio, ni acusar al enfermo de ignorante"

Otro relativista emblemático fue Górgias (V a.C.), su pensamiento se resumía a tres principios:

1 "Nada existe"2 "Si algo existe, el hombre no lo podría conocer"3 "Si se lo pudiese conocer, ese conocimiento sería inexpresable e incomunicable a los demás".
En primer lugar Górgias plantea que no existe una verdad. En segundo, en el caso de que exista una verdad, entonces esta no sería accesible a los hombres, y por último, suponiendo que algún privilegiado tenga acceso a ella, entonces no podría comunicarla al resto de los hombres. La verdad entonces es algo que no debe de preocuparnos. Los hombres son finalmente "la medida de todas las cosas", los que dicen que es bueno, que cosa es justa, que es bello o feo.

Comúnmente se dice que algo es relativo cuando no se puede hablar de ello de modo absoluto ya que cambia de acuerdo al punto de vista en que se lo mire. Relativizar las cosas, por lo tanto, es sacarles su carácter absoluto. Permite pensar las cosas de otra manera, mirarlas desde otro lugar.

En la cultura occidental la monogamia es una forma de relación correcta, en cambio, decir lo mismo en una cultura como la árabe no resulta lo mismo, ya que en estos lugares es común la poligamia. Por lo tanto la monogamia no siempre está bien; su aceptación no es absoluta ni universal, por lo tanto es relativa.

El filósofo Spinoza decía acerca del bien y del mal:

Una sola y misma cosa puede ser al mismo tiempo buena y mala, y también indiferente. Por ejemplo, la música es buena para el que es propenso a una suave tristeza o melancolía, y es mala para el que está profundamente alterado por la emoción; en cambio, para un sordo no es buena ni mala.

Einstein, por su parte, sostenía acerca del tiempo:


Pon tu mano sobre una estufa caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica bonita durante una hora y te parecerá un minuto. 


¿Qué otras cosas pueden ser relativas?

¿Es posible que no existan verdades absolutas? ¿Puede ser que sea todo relativo?

 




La paradoja de Protágoras

Cuenta la leyenda que Euatlo era un joven sin recursos económicos que deseaba estudiar con Protágoras con la idea de dedicarse a la abogacía. Protágoras, que apreciaba la inteligencia del joven, le propuso que asistiera a sus clases y que una vez ganara su primer pleito ejerciendo de abogado, le abonara sus honorarios. El joven estuvo de acuerdo en el arreglo.

Euatlo, efectivamente, asistió a todas las lecciones pero, cuando acabó su formación, anunció que finalmente no se iba a dedicar a la abogacía, sino a la política, y que, por tanto, no estaba en obligación de pagar sus honorarios, pues jamás ganaría un pleito. Protágoras amenazó al estudiante con un pleito y el joven argumentó:   
«Si vamos a juicio, Protágoras, y yo gano, por este mandamiento judicial, no te tendré que pagar; si pierdo, dado que aún no habré ganado mi primer pleito, y esta era nuestra condición, tampoco tendré que pagar. Así, pues, Protágoras, no te conviene ir a juicio: seguro que lo perderás.»
 A lo que Protágoras replicó:  
«Si vamos a juicio, Euatlo, y yo gano, por este mandamiento judicial, me habrás de pagar; si pierdo,    tú habrás ganado tu primer pleito y por razón de nuestro antiguo pacto, me habrás de pagar.

¿Quién tiene razón? 


Las críticas de Sócrates y Aristóteles

Aristóteles afirmó que las únicas que podían ser relativistas coherentemente eran las plantas, que ni piensan ni hablan. Según el filósofo griego es imposible no asumir un compromiso intelectual con algo que se cree verdadero, al menos más verdadero que su contrario. Del mismo modo, pretender que dos proposiciones contrarias son igualmente verdaderas, sólo puede hacerse a costa de la lógica.

Y resulta que el relativismo cae en una profunda contradicción, o al menos no puede pensarse en términos lógicos. Pues si yo afirmo que todo es relativo, estoy afirmando una verdad; pero al mismo tiempo digo que no hay ninguna verdad, porque todo es relativo. Como en la paradoja de Protágoras, caemos en una tautología.

Quizás el más férreo enemigo del relativismo haya sido Sócrates. Platón dejo plasmado en varios de sus Diálogos el enfrentamiento que su maestro llevo adelante contra los relativistas.

A continuación un fragmento de "El Teeto". Sócrates le dice a Teodoro, un joven ateniense que estaba estudiando con Protágoras:

"Me sorprende, que al principio de su libro “Verdad” (en referencia al libro de Protágoras) no haya dicho que el cerdo u otro animal más ridículo aún, son la medida de todas las cosas (...) Si las opiniones que se forman en nosotros por medio de las sensaciones, son verdaderas para cada uno; si nadie está en mejor estado que otro para decidir sobre lo que experimenta su semejante, ni es más hábil para discernir la verdad o falsedad de una opinión; si, por el contrario, como muchas veces se ha dicho, cada uno juzga únicamente de lo que pasa en él y si todos sus juicios son rectos y verdaderos, ¿por qué privilegio, mi querido amigo, ha de ser Protágoras sabio hasta el punto de creerse con derecho para enseñar a los demás y para poner sus lecciones a tan alto precio? Y nosotros, si fuéramos a su escuela, ¿no seríamos unos necios, puesto que cada uno tiene en sí mismo la medida de su sabiduría?"





 ¿Seguís pensando lo mismo que al principio? ¿Te definirías como un relativista? ¿Qué pensás de las críticas de Sócrates y Aristóteles?


Una canción que nos recuerda que todo depende....






A continuación proponemos una lista de frases para que piensen si son verdaderas, falsas, o relativas.

  • El amor es hermoso

  • 5 minutos es muy poco tiempo.

  • Córdoba queda re cerca.

  • El pasto es verde.

  • La luna es enorme.

  • Toda droga es mala.

  • Los que estudian matemática son re inteligentes.

  • Si tenés pareja no podes "estar" con otra persona.

  • Robar está mal.

  • Matar está mal.

  • El paso del tiempo es inevitable.

  • La muerte nos llega a todos.

  • El agua moja.

  • La filosofía te hace pensar.


Para terminar, un relato de Julio Cortázar...



Julio Cortazar; El Perseguidor. -Fragmento-




Johnny- (…) de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del metro a Bruno. El otro día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja, después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. ¿Te das cuenta? Jim dice que todos somos iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así, la cuestión es que yo había tomado el metro en la estación de Saint-Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el metro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacía mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello… No al mismo tiempo, sino que en realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después me acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de caballos…

-Johnny -ha dicho Dédée desde su rincón.
-Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?
-No sé, pongamos unos dos minutos.
-Pongamos unos dos minutos -remeda Johnny-. Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, Pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos… Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasaríamos más de dos minutos, ¿eh, Bruno?
-Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora -le he dicho, riéndome.
-Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el metro se para y yo me salvo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon.
Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny, pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío.
-Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa -ha dicho rencorosamente Johnny-. Y también por el del metro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora, eh Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito, ni una hojita -agrega como un chico que se excusa-. Y después me ha vuelto a suceder en todas partes. Pero -agrega astutamente- sólo en el metro me puedo dar cuen porque viajar en el metro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando…





Sigamos pensando... 

jueves, 7 de mayo de 2015

¿Todo cambia?

  Heráclito

"Nadie se baña dos veces en el mismo rió"

                               
Heráclito, por Hendrik ter Brugghen


Guillermo Obiols; Lógica y Filosofía


"Los niños crecen, la ropa se gasta, las costumbres se modifican, todos estos son ejemplos de cambios. Estamos tan acostumbrados a estos y otros cambios que nos parecen la cosa más natural del mundo. Sin embargo, es fantástico que haya cambio y bien podría no haberlo. Tal vez, el universo entero podría haber sido estático, más o menos como cuando los chicos juegan a las estatuas.


miércoles, 6 de mayo de 2015

¿Cuál es el origen del universo?

 Tales de Mileto
por Rafaél Gambra, en "Historia Sencilla de la filosofía"



"Se dice que una de las cosas impulsa a los hombres a filosofar es la admiración, y si hay algo una que no deja de asombrarnos es el simple hecho de existir o, más aún, de que exista todo un mundo. ¿Cómo se creó el universo? ¿Cuál es el origen de todas las cosas? ¿Por qué existe el mundo, en lugar de no haber nada? Preguntas como estas son las que el hombre se ha hecho desde los orígenes de los tiempos. Sin embargo Las respuestas no siempre han sido filosóficas. Uno de los primeros intentos por satisfacer estas inquietudes los encontramos en los mitos."


Muy distintas son las respuestas de aquellos que fueran considerados los primeros filósofos griegos, conocidos como Jónicos (por ser de la región de Jonia) o “naturalistas”. Estos se alejaron de estas explicaciones narradas por inspirados poetas y sostenidas largamente por la tradición, y buscaron respuestas a partir de la observación de la naturaleza y de la deducción racional (Logos).


Fueron el siglo VI antes de J.C. y la ciudad de Mileto ‑puerto griego de la costa de Asia Menor‑ la época y el escenario de los más remotos intentos filosóficos de que poseemos noticia. Allí vivió un personaje cuyo conocimiento llega hasta nosotros envuelto en la oscuridad de la leyenda y del mito: Tales de Mileto, uno de los fabulosos Siete Sabios de Grecia. 
                            
La pregunta principal que despertaba la curiosidad de Tales era ¿cuál es el Arjé, es decir, el principio del universo?

A partir de la observación del mundo y de la deducción racional Tales llegó a la siguiente conclusión: el origen de todo es el agua, el agua es la sustancia originaria que estaría en el fondo de todas las cosas. ¿Por qué pensó esto Tales? Podemos suponer algunos motivos que psicológicamente actuarían en aquel pensamiento todavía primitivo: el agua del mar es el límite de la tierra, y más allá de nuestro mundo aseguran los navegantes que se extiende el océano infinito; si profundizamos bajo nuestro suelo encontramos frecuentemente agua; el agua desciende del cielo y hace brotar la vida de las plantas, que son, a su vez, el alimento de los animales; el agua, en fin, puede transformarse por la temperatura en sólida y en gaseosa: el principio (arjé) de todas las cosas será, pues, el agua.


Otros filósofos naturalistas


Anaxímenes, en cambio, pensó que el aire era el arché, el principio fundamental de todas las cosas. Para él, el aire podía transformarse mediante procesos de condensación y rarefacción: al condensarse, daba origen a líquidos y sólidos; al expandirse, se convertía en fuego. Así, el aire, que era esencial para la vida, era también el origen y sustento de todo lo existente.

Empédocles llevó esta búsqueda un paso más allá, proponiendo que no había un único principio, sino que la realidad estaba compuesta por cuatro elementos fundamentales: tierra, agua, aire y fuego. Estos elementos se combinaban y separaban constantemente bajo la acción de dos fuerzas cósmicas: el amor, que unía, y la discordia, que separaba. Su teoría también ofrecía una explicación a los cambios y las dinámicas de la naturaleza.

Finalmente, Demócrito introdujo una perspectiva radicalmente nueva con su teoría atomista. Según él, todo estaba formado por partículas diminutas, indivisibles e invisibles llamadas átomos, que se movían en el vacío. Estas partículas, al combinarse de diferentes maneras, daban origen a la diversidad del mundo. Con esta idea, Demócrito eliminó la necesidad de explicar los fenómenos naturales mediante fuerzas sobrenaturales, apostando por una visión puramente materialista y mecánica del universo.





El origen según los mitos




El poeta Hesíodo narró el origen del universo a partir del linaje de los dioses. Allí nos cuenta que en un principio solo existía el Caos, pero de él surgieron Gea (la tierra) y Eros (el amor). De Gea surgió Urano, el dios del Cielo, que gracias a Eros se unió a Gea, que dio a luz a los gigantes de cien brazos, la raza de los poderosos titanes y los cíclopes. Estos últimos se rebelaron contra Urano y, por esta causa, fueron encerrados en el Tár­taro, el lugar más profundo de los Infiernos.


 Ofendida, Gea incitó al más joven de los titanes cuyo nombre era Cronos (el tiempo), a destro­nar a su padre. Cronos fue advertido por el oráculo que uno de sus descendientes lo destronaría, por lo que devoraba a cada uno de los hijos que salían del vientre de su esposa, Rea. Esta, para salvar a uno de sus hijos -Zeus- lo parió secretamente de noche y por la mañana llevó a Cronos una piedra envuelta en pañales que el dios del tiempo se apresuró a devorar. 


Cuando Zeus fue grande y se enteró de la verdad, decidió acabar con el Titán, su padre, quién se ha comido a los hermanos que le precedieron.  Preparó una poción que lleva consigo, y se dirigió allí donde su padre tiene su morada, frente a frente, y valiéndose de la astucia, invitó a su padre a beber de la copa que le ofreció. El Titán, que desconocía sus intenciones y que ni siquiera sabía que este era su hijo accedió y de un trago tomó todo el contenido. Al rato comenzó a sentirse mal, tanto que de pronto abriendo su boca vomitó a todos los hijos que durante el inicio de los Tiempos había tragado: Hera, Hades, Poseidón...Esto dió origen a una guerra que duró diez años. Cronos tuvo el respaldo de sus hermanos los titanes, pero fueron vencidos por Zeus y los suyos. Tras la victoria Zeus repartió el gobierno del mundo, quedándose con el cielo y otorgándole el mar a Poseidón y el inframundo a Hades. 




Algunas historias sobre Tales 


Diógenes Laercio; Vida de los filósofos más ilustres


"fue el primero que cultivó la Astrología, y

predicó los eclipses del sol y mudanzas del aire.

*


De las cosas memorables, que queriendo

Tales manifestar la facilidad con que podía enriquecerse,

como hubiese conocido que había de haber

presto gran, cosecha de aceite, tomó en arriendo muchos
olivares, y ganó muchísimo dinero.

*

Fue el primero que averiguó la carrera

del sol de un trópico a otro; y el primero que,

comparando la magnitud del sol con la de la luna,

manifestó ser ésta setecientas veinte veces menor
que aquél.

*

Dijo que «el agua es el primer principio de las
cosas; que el mundo está animado y lleno de espíritus»-
Fue inventor de las estaciones del año, y

asignó a éste trescientos sesenta y cinco días.

*

No escribió más, según dice Lobón Argivo, que

hasta unos doscientos versos.

*

Jerónimo dice que midió las pirámides por

medio de la sombra, proporcionándola con la

nuestra cuando es igual al cuerpo.

*

Refiérese que habiéndole una vieja sacado de

casa para que observase las estrellas, cayó en un hoyo,

y como se quejase de la caída, le dijo la vieja:

«¡Oh, Tales, tú presumes ver lo que está en el cielo,
cuando no ves lo que tienes a los pies!»




martes, 5 de mayo de 2015

El mito del Minotauro


                        Teseo lleva la espada en una mano y el hilo de Ariadna en la otra, un símbolo de la razón


A pesar de que el concepto de mito usualmente se lo asocia a lo fantástico y por lo tanto a lo irracional, podemos encontrar en los mitos griegos minuciosas muestras de un costado extremadamente racional. En el mito del minotauro el héroe Teseo debe enfrentarse tanto al monstruo (la representación más bestial de la naturaleza) como al laberinto, producto de la inteligencia humana. No solo se precia de valor para enfrentarse al desafío, sino también de la astucia de la razón.  En este caso la astucia la pone una mujer; Artiadna, quien le obsequia a Teseo una madeja de hilo, la cuál le permitirá no perderse en el laberinto.

De ahí que el "hilo de Ariadna" sea evocado como un símbolo de la razón calculadora.

A continuación, el mito del minotauro, Teseo y Ariadna, extraído del libro "Mitos Clasificados"







Aquella noche, Egeo, el anciano rey de Atenas, parecía tan triste y tan preocupado que su hijo Teseo le preguntó:
—¡Qué cara tienes, padre...! ¿Acaso te aflige algún problema?
—¡Ay! Mañana es el maldito día en que debo, como cada año, enviar siete doncellas y siete muchachos de nuestra ciudad al rey Minos, de Creta. Esos desdichados están condenados...
—¿Condenados? ¿Para expiar qué crimen deben, pues, morir?
—¿Morir? Es bastante peor: ¡serán devorados por el Minotauro!
Teseo reprimió un escalofrío. Tras haberse ausentado durante largo tiempo de Grecia, acababa de llegar a su patria; sin embargo, había oído hablar del Minotauro. Ese monstruo, decían, poseía el cuerpo de un hombre y la cabeza de un toro; ¡se alimentaba de car­ne humana!
—¡Padre, impide esa infamia! ¿Por qué dejas perpetuar esa odiosa costumbre?
—Debo hacerlo —suspiró Egeo—. Mira, hijo mío, he perdido tiempo atrás la guerra contra el rey de Creta. Y, desde entonces, le debo un tributo: cada año, catorce jóvenes atenienses sirven de alimento a su monstruo...
Con el ardor de la juventud, Teseo exclamó:
—En tal caso, ¡déjame partir a esa isla! Acompañaré a las fu­turas víctimas. Enfrentaré al Minotauro, padre. Lo venceré. ¡Y quedarás libre de esa horrible deuda!
Con estas palabras, el viejo Egeo tembló y abrazó a su hijo.
—¡Nunca! Tendría demasiado miedo de perderte.
Una vez, el rey había estado a punto de envenenar a Teseo sin saberlo; se trataba de una trampa de Medea, su segunda esposa, que odiaba a su hijastro.
—No. ¡No te dejaré partir! Además, el Minotauro tiene fama de invencible. Se esconde en el centro de un extraño palacio: ¡el laberinto! Sus pasillos son tan numerosos y están tan sabiamente entrelazados que aquellos que se arriesgan no descubren nunca la salida. Terminan dando con el monstruo... que los devora.
Teseo era tan obstinado como intrépido. Insistió, se enojó, y luego, gracias a sus demostraciones de cariño y a su persuasión, logró que el viejo rey Egeo, muerto de pena, terminara cediendo.
A la mañana, Teseo se dirigió con su padre al Pireo, el puerto de Atenas. Estaban acompañados por jóvenes para quienes sería el último viaje. Los habitantes miraban pasar el cortejo; algunos gemían, otros mostraban el puño a los emisarios del rey Minos que encabezaban la siniestra fila.
Pronto, la tropa llegó a los muelles donde había una galera de velas negras atracada.
—Llevan el duelo —explicó el rey—. Ah... hijo mío... si regresas vencedor, no olvides cambiarlas por velas blancas. ¡Así sabré que estás vivo antes de que atraques!
Teseo se lo prometió; luego, abrazó a su padre y se unió a los atenienses en la nave.
Una noche, durante el viaje, Poseidón, el dios de los mares, se apareció en sueños a Teseo. Sonreía.
—¡Valiente Teseo! —le dijo—. Tu valor es el de un dios. Es normal: eres mi hijo con el mismo título que eres el de Egeo1...
Teseo oyó por primera vez el relato de su fabuloso nacimiento.
—¡Al despertar, sumérgete en el mar! —le recomendó Posei­dón—. Encontrarás allí un anillo de oro que el rey Minos ha perdido antaño.
Teseo emergió del sueño. Ya era de día A lo lejos ya se divisaban las riberas de Creta.
Entonces, ante sus compañeros estupefactos, Teseo se arrojó al agua. Cuando tocó el fondo, vio una joya que brillaba entre los caracoles. Se apoderó de ella, con el corazón palpitante. De modo que todo lo que le había revelado Poseidón en sueños era verdad: ¡él era un semidiós!
Este descubrimiento excitó su coraje y reforzó su voluntad.
Cuando el navío tocó el puerto de Cnosos, Teseo divisó entre la multitud al soberano, rodeado de su corte. Fue a presentarse:
—Te saludo, oh poderoso Minos. Soy Teseo, hijo de Egeo.
—Espero que no hayas recorrido todo este camino para implo­rar mi clemencia —dijo el rey mientras contaba con cuidado a los catorce atenienses.
—No. Sólo tengo un anhelo: no abandonar a mis compañeros.
Un murmullo recorrió el entorno del rey. Desconfiado, este examinó al recién llegado. Reconociendo el anillo de oro que Te­seo llevaba en el dedo, se preguntó, estupefacto, gracias a qué prodigio el hijo de Egeo había podido encontrar esa joya. Des­confiado, refunfuñó:
—¿Te gustaría enfrentar al Minotauro? En tal caso, deberás hacerlo con las manos vacías: deja tus armas.
Entre quienes acompañaban al rey se encontraba Ariadna, una de sus hijas. Impresionada por la temeridad del príncipe, pensó con espanto que pronto iba a pagarla con su vida. Teseo había observado durante un largo tiempo a Ariadna. Ciertamen­te, era sensible a su belleza. Pero se sintió intrigado sobre todo por el trabajo de punto que llevaba en la mano.
—Extraño lugar para tejer —se dijo.
Sí, Ariadna tejía a menudo, cosa que le permitía reflexionar. Y sin sacarle los ojos de encima a Teseo, una loca idea germinaba en ella...
—Vengan a comer y a descansar —decretó el rey Minos—. Mañana serán conducidos al laberinto.
Teseo se despertó de un sobresalto: ¡alguien había entrado en la habitación donde estaba durmiendo! Escrutó en la oscuridad y lamentó que le hubieran quitado su espada. Una silueta blanca se destacó en la sombra. Un ruido familiar de agujas le indicó la identidad del visitante:
—No temas nada. Soy yo: Ariadna.
La hija del rey fue hasta la cama, donde se sentó. Tomó la mano del muchacho.
—¡Ah, Teseo —le imploró—, no te unas a tus compañeros! Si en­tras en el laberinto, jamás saldrás de él. Y no quiero que mueras...
Por los temblores de Ariadna, Teseo adivinó qué sentimientos la habían empujado a llegar hasta él esa noche. Perturbado, murmuró:
—Sin embargo, Ariadna, es necesario. Debo vencer al Minotauro.
—Es un monstruo. Lo detesto. Y, sin embargo, es mi hermano...
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—Ah, Teseo, déjame contarte una historia muy singular...
La muchacha se acercó al héroe para confiarle:
—Mucho antes de mi nacimiento, mi padre, el rey Minos, cometió la imprudencia de engañar a Poseidón: le sacrificó un miserable toro flaco y enfermo en vez de inmolarle el magnífi­co animal que el dios le había enviado. Poco después, mi padre se casó con la bella Pasífae, mi madre. Pero Poseidón rumiaba su venganza. En recuerdo de la antigua afrenta que se había co­metido contra él, le hizo perder la cabeza a Pasífae y la indujo a enamorarse... ¡de un toro! ¡La desdichada llegó, incluso, a mandar construir una carcasa de vaca con la cual se disfrazaba, para unirse al animal que amaba!
—¡Qué horrible estratagema!
—La continuación, Teseo, la adivinas —concluyó Ariadna tem­blando—. Mi madre dio nacimiento al Minotauro. Mi padre no podía decidirse a matar a ese monstruo; pero quiso esconderlo para siempre de la vista de todos. Convocó al más hábil de los ar­quitectos, Dédalo, que concibió el famoso laberinto...
Impresionado por este relato, Teseo no sabía qué decir.
—No creas —agregó Ariadna— que quiero salvar al Minotauro. ¡Ese devorador de hombres merece mil veces la muerte!
—Entonces, lo mataré.
—Si llegaras a hacerlo, nunca encontrarías la salida del laberinto.
Un largo silencio se produjo en la noche. De repente, la muchacha se acercó aún más al joven y le dijo:
—¿Teseo? ¿Si te facilitara el medio de encontrar la salida del laberinto, me llevarías de regreso contigo?
El héroe no respondió. Por cierto, Ariadna era seductora, y la hija de un rey. Pero él había ido hasta esa isla no para encontrar allí una esposa, sino para liberar a su país de una terrible carga.
—Conozco los hábitos del Minotauro —insistió—. Sé cuáles son sus debilidades y cómo podrías acabar con él. Pero esa victoria tiene un precio: ¡me sacas de aquí y me desposas!
—De acuerdo. Acepto.
Ariadna se sorprendió de que Teseo aceptara tan rápidamente. ¿Estaba enamorado de ella? ¿O se sometía a una simple transac­ción? ¡Qué importaba!
Le confió mil secretos que le permitirían vencer a su hermano al día siguiente. Y el ruido de su voz se mezclaba con el obstina­do choque de sus agujas: Ariadna no había dejado de tejer.
Frente a la entrada del laberinto, Minos ordenó a los atenienses:
—¡Entren! Es la hora...
Mientras los catorce jóvenes aterrorizados penetraban uno tras otro en el extraño edificio, Ariadna murmuró a su protegido:
—¡Teseo, toma este hilo y, sobre todo, no lo sueltes! Así, que­daremos ligados uno con el otro.
Tenía en la mano el ovillo de la labor que no la abandonaba jamás. El héroe tomó lo que ella le extendía: un hilo tenue, casi invisible. Si bien el rey Minos no adivinó su maniobra, compren­dió que a ese muchacho y a su hija les costaba mucho separarse.
—¿Y bien, Teseo —se burló—, acaso tienes miedo?
Sin responder, el héroe entró a su vez en el corredor. Muyrápidamente, se unió a sus compañeros que vacilaban ante una bifurcación.
—¡Qué importa! —les dijo—. Tomen a la derecha.
Desembocaron en un corredor sin salida, volvieron sobre sus pasos, tomaron el otro camino que los condujo a una nueva ra­mificación de varios pasillos.
—Vayamos por el del centro. Y no nos separemos.
Pronto emergieron al aire libre; a los muros del laberinto habían seguido infranqueables bosquecillos.
—¿Quién sabe? —murmuró uno de los atenienses—. ¿Y si el des­tino nos ofreciera la posibilidad de no llegar al Minotauro... sino a la salida?
Ay, Teseo sabía que no sería así: ¡Dédalo había concebido el edificio de modo tal que se terminaba llegando siempre al centro!
Fue exactamente lo que se produjo. Hacia la noche, cuando sus compañeros se quejaban de la fatiga y del sueño, Teseo les or­denó de pronto:
—¡Detengámonos! Escuchen. Y además... ¿no oyen nada?
Los muros les devolvían el eco de gruñidos impacientes. Y en el aire flotaba un fuerte olor a carroña.
—Llegamos —murmuró Teseo—. ¡El antro del monstruo está cerca! Espérenme y, sobre todo, ¡no se muevan de aquí!
Partió solo, con el hilo de Ariadna siempre en la mano.
De repente, salió a una explanada circular parecida a una arena. Allí había un monstruo aún más espantoso que todo lo que se había imaginado: un gigante con cabeza de toro, cuyos brazos y piernas poseían músculos nudosos como troncos de roble. Al ver entrar a Teseo, mugió un espantoso grito de satisfacción voraz. Bajo las narinas, su boca abierta babeaba. Debajo de su cabeza bovina y peluda, apuntaban unos cuernos afilados hacia la presa. Luego, se lanzó hacia su futura víctima golpeando la arena con sus pezuñas.
El suelo estaba cubierto de osamentas. Teseo recogió la más grande y la blandió. En el momento en que el monstruo iba a en­sartarlo, se apartó para asestarle en el morro un golpe suficiente para liquidar a un buey... ¡pero no lo bastante violento para matar a un Minotauro!
El monstruo aulló de dolor. Sin dejarle tiempo de recuperar­se, Teseo se aferró a los dos cuernos para saltar mejor encima de los hombros peludos. Así montado, apretó las piernas alrededor del cuello de su enemigo y, con toda su fuerza, ¡las estrechó! Privado de respiración, el monstruo, furioso, se debatió. ¡Ya no podía clavar los cuernos en ese adversario que hacía uno con él! Pataleó, cayó y rodó por el suelo. A pesar de la arena que se fil­traba en sus orejas y en sus ojos, Teseo no soltaba prenda, tal como Ariadna se lo había recomendado.
Poco a poco, las fuerzas del Minotauro declinaron. Pronto, lan­zó un espantoso mugido de rabia, tuvo un sobresalto... ¡y exhaló el último suspiro! Entonces, Teseo se apartó de la enorme cosa iner­te. Su primer reflejo fue ir a recuperar el hilo de Ariadna.
El silencio insólito y prolongado había atraído a sus compañeros.
—Increíble... ¡Has vencido al Minotauro! ¡Estamos a salvo!
Teseo reclamó su ayuda para arrancar los cuernos del monstruo.
—Así —explicó—, Minos sabrá que ya no queda tributo por reclamar.
—¿De qué serviría? Por cierto, nos hemos salvado. Pero nos espera una muerte lenta: no encontraremos jamás la salida.
—Sí —afirmó Teseo mostrándoles el hilo—. ¡Miren!
Febriles, se pusieron en marcha. Gracias al hilo, volvían a desandar el largo y tortuoso trayecto que los había conducido hasta el Minotauro. A Teseo le costaba calmar su impaciencia. Se preguntaba qué dios benévolo le había dado esa idea genial a Ariadna. Pronto, el hilo se tensó: del otro lado, alguien tiraba con tanta prisa como él.
Finalmente, luego de muchas horas, emergieron al aire libre. El héroe, extenuado, tiró los cuernos sanguinolentos del Mino­tauro al suelo, cerca de la entrada.
—¡Teseo... por fin! ¡Lo has logrado!
Loca de amor y de alegría, Ariadna se precipitó hacia él. Seabrazaron. La hija de Minos echó una mirada enternecida al enor­me ovillo desordenado que Teseo, todavía, tenía entre las manos.
—A pesar de todo —le reprochó sonriendo—, hubieras podido enrollarlo mejor...